Después de largas noches de pánico a la muerte y sin poder dormir, logré aceptar el diagnóstico, la medicina y el proceso.

La ansiedad me visitó inesperadamente. Una noche estaba en mi apartamento, me levanté a tomar un medicamento para el dolor de cabeza y de pronto, en un instante, un temor a la muerte me invadió. No entendía qué estaba pasando, pero me llevaron al hospital. En la ambulancia oí a los paramédicos afirmar que estaba viviendo un ataque de pánico y ansiedad.

Les confieso que estaba aturdida porque no entendía lo que estaba pasando, lo cierto es que no podía cerrar los ojos ni para dormir porque ese terror a la muerte seguía presente. A partir de ese momento empecé una búsqueda interminable de respuestas, una necesidad de encontrar motivos convincentes que me explicaran cómo alguien con carácter fuerte, independiente y tan “cerca” de un Dios sanador estaba entrando a una etapa de esta naturaleza.

A falta de respuestas y mejoría, tuve que ir a un psiquiatra. Esta decisión no se toma fácil, se rechaza porque eso es solo para los locos y jamás para una persona cristiana, pues no falta alguien que piense que lo que se requiere es oración y ayuno para que ese espíritu se “vaya”.

Yo pasé meses sin poder dormir, hubo madrugadas en las que me alteraba tanto que mi esposo y mi bebé de 4 años salían conmigo hacia la casa de mis papás, deseaba estar cerca de todos por si me moría. Me daban calmantes y no eran suficientes para recuperar el sueño.

Después de conocer el diagnóstico inicié la lucha con la medicina, ante la advertencia del médico que es un medicamento con el que hay que vivir eternamente. La famosa Sertralina se convirtió en mi trago amargo diariamente.

Desde afuera la situación se minimiza, pero internamente uno tiene muchas luchas. Para mí fue necesario ir y venir al consultorio para recibir terapias, donde finalmente me atreví  a decir en voz alta que me sentía mala hija de Dios y que a eso le atribuía mi enfermedad. El médico me hizo ver que la ansiedad no tiene nada que ver con ser buena o mala cristiana, mi caso era un problema de producción de la serotonina, un neurotransmisor relacionado con el control de las emociones y el estado de ánimo. Con dicha alteración mi temor y ansiedad eran exageradas.

Nunca olvido cuando el doctor me dijo, la alarma de un carro no es sensible a una mosca solo a un movimiento brusco, pues la ansiedad tuya está tan sensible que se activa aún por una mosca que pasa cerca. Esa explicación tan infantil me permitió reconciliarme con el diagnóstico, la medicina y el proceso.

Han pasado muchos años y la enfermedad persiste, pero mi forma de verla es diferente. La ansiedad está ahí, pero soy más fuerte que ella, sé como enfrentarla y callarla cuando quiere decirme mentiras. Sigo con un pequeño tratamiento para que mi serotonina esté en sus niveles adecuados.

Ya no tengo culpa ni vergüenza, tengo un Padre Celestial que me ama y que acompaña en cada proceso, me acepta con mi tratamiento y al final he aprendido que la felicidad para superar las adversidades la adquiero en mis conversaciones con Dios. No sé en qué parte del proceso estés, pero quiero decirte que hay un final mejor ahí adelantito, no pierdas la fe ni la esperanza. ¡Ese momento de equilibrio va a llegar!

Jessika de Gutiérrez

Hija de Dios. Esposa y madre. Alegre y soñadora. Con un corazón de niña y con mala memoria para las cosas poco buenas. Buscadora de la voz de Dios y su presencia. Me gusta compartir con amigas y estar rodeada de personas que sumen a mi vida. Amo ayudar a quienes me permitan estar cerca.

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