Lo que algunos podrían denominar fracaso, yo prefiero nombrarlo plan B, que resulta del proceso de sacar fuerzas para reinventarnos. 

En octubre de 2017, la invitación del reencuentro de la promo me alborotó. No había visto a muchas compañeras en 25 años. Viajé hasta Xela para atender la invitación. Algo sucedió cuando empezaron los efusivos saludos, llenos de abrazos que propiciaban pausas en las conversaciones y el incontable espacio para las selfies. En medio de esa algarabía, tan propia de mi género, hubo espacio para lo importante. Noté que el tiempo había conservado la inocencia de cada niña que alguna vez soñó con comerse el mundo, formar una familia, triunfar y cosechar éxitos y un largo etc. Como sea, un cuarto de siglo atrás, nadie tenía plan B.

Los relatos me embelesaron. Una contaba cómo había sido su proceso de fe ante las complicaciones de salud de su recién nacido; otra, habló de cómo escribía la historia de sus hijos como mujer separada y profesional; alguien más, explicó su lucha por sacar adelante a su pareja de adolescentes y su estancado proceso de divorcio; dos más compartieron su triunfo contra el cáncer; alguien más valiente describió su proceso de restauración matrimonial.

Claro, también hubo relatos de cómo algunas dividen su carrera con la familia; también hubo tiempo para las historias de los hijos. Estas crónicas también me fascinaron, pues sé que no es fácil desarrollar una vida matrimonial y familiar, superar las crisis económicas o aquellas que vienen incluidas con el crecimiento de los hijos, así que también admiro a quienes están viviendo su plan A.

Sin menospreciar a ningún grupo, me enfocaré en el primero. Ese que no tuvo miedo para exponer su vida, que supo cerrar círculos y volver a empezar. Sin darse cuenta ellas me hicieron pensar en la capacidad que el ser humano tiene, no para adaptarse, sino para reinventarse, física y mentalmente. Quizás tocaron fondo para sacar fuerzas y replantear su vida y trabajar su plan B. Las admiro porque hay quienes apagan su vida por no tomar decisiones a tiempo, el miedo las paraliza y las lleva a marchitarse, el “qué dirán” se impone y su codependencia las anula, su mente se adormece y pierden de vista su propósito.

Un cuarto de siglo después, las mismas adolescentes con quienes aprendí conceptos básicos de una profesión, me revelaron dos grandes valores. El primero, la sinceridad, que no da espacio a las máscaras, que olvida la reputación o las etiquetas. Segundo, el valor –como fuerza- para volver a inventar su vida, trazar planes frescos, sueños y metas que lleven a nuevos destinos. Escuchar estas anécdotas me inspiró para alcanzar aquello que estuvo en alguna lista de cuando sea grande, me hizo reflexionar que nunca es tarde para nada.

Cada lunes y miércoles, les robaré frases y experiencia a mujeres que pusieron en marcha su plan B que les permitió hacer el descubrimiento al que se refería Albert Camus: «en mitad del invierno, finalmente encontré que había en mí un verano invencible»

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre.
Robadora de frases.
En proceso de construcción.
Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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