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Una madre fuera de este mundo

Una madre fuera de este mundo

Menuda, afable, apacible y con un corazón que resguarda a su familia y alberga a las visitas que han tenido la bendición de disfrutar de sus superpoderes. Estelita es una madre fuera de este mundo.

De increíble cocinera a guerrera ecológica, hasta la mejor anfitriona, los atributos de Estelita, que destacan sus tres hijas. Una columna con perspectivas de una mamá inusual.

Magia en la cocina, Heidi Hobson

Las heroínas de mis tiempos eran muy limitadas. Mi memoria no recuerda a nadie más que la mujer maravilla y la mujer biónica. Era divertido entretenerse con sus aventuras, pero no recuerdo tener mucha admiración por ellas y ni sus superpoderes.

Eso sí, admiraba ver a mi madre convertir lo que parecía ser ingredientes insignificantes en platos suculentos. Es más, convertía una cantidad limitada en suficiente comida para un batallón. 

Nosotros solíamos sentarnos a la mesa a comer después de que mi madre había servido nuestros platos con las porciones adecuadas de lo que había cocinado con amor y destreza. Éramos cuatro hijos, mi papá y mi abuela paterna. Tengo en mi memoria las veces que mi abuelo paterno también se aparecía sin invitación o advertencia. Mágicamente aparecía otro plato en la mesa.

Eso es fácil, dirías al pensarlo, pero déjame decirte que no. A lo mejor añadir a una persona es fácil, pero no solo fue una, fueron muchas quienes disfrutaron de los alimentos, del alboroto, de las pláticas, del sonido rítmico de un cubierto al tocar la superficie de un plato donde hubo algo tan delicioso, que inevitablemente quieres rasparlo para no dejar ni un poquito restante. Siempre hubo espacio en esa mesa para quien se aparecía.  No solo espacio, sino una porción de alimento nutritivo y exquisito.

Esa magia hacer que humildes ingredientes se revistieran de comida digna de ser servida sobre un mantel de lino blanco, siempre será uno de los superpoderes de mi madre. Lo que más impactó mis sentidos, era servir uno de esos platos calientes, humeantes y deliciosos a quien tocara el timbre mendigando comida. Mamá servía en el plato designado para dichas ocasiones una porción idéntica a la que yo había degustado, acompañado de un vaso de agua y pan, a quien necesitara. No sé si ellos supieron la satisfacción que sentí al hacer el papel de mesera y servirles. La satisfacción de compartir con quien sabía que no tenía, la dignidad de comer algo sobre un plato con cubiertos y servilleta…  Tengo la sospecha que mi madre sí lo supo. Ese superpoder de crear, satisfacer, enseñar e inspirar en un solo instante hará que para mí, las heroínas de la tele siempre se queden un poco cortas.    

Guerrera ecológica, Vivian Paiz-Lemus

Mis hermanos y yo crecimos en los 80´s, una época en la que lo brillante, plástico y sintético era la máxima expresión. Brillantina, goma en el pelo, colores neón y el plástico tornasol eran lo que la tele y las revistas nos vendían.

A mi mamá nunca le faltó tenerle el pulso a la moda, pero en casa practicaba las más estrictas reglas de conservación del medio ambiente –quizás sin saberlo–.

Me di cuenta siendo una adulta, cuando me cruzo con un artículo sobre “formas de hacer tu vida más respetuosa con el medio ambiente”. Siempre lo sospeché, mi mamá en casa ha sido verde, ecológica y granola. Aprendimos a apreciar los recursos, reciclar, volver a usar y pensar en nuestra huella de carbono (aunque no sabíamos cuál era la definición de dicho término).

Nos criamos con leche en polvo, caliente batida justo antes del desayuno para acompañar el cereal en las mañanas, – siempre pensando literalmente en cómo sacarle el jugo a la fruta y verdura que vendía doña Josefina a dos cuadras arriba de nuestra casa. ¿Están algo ‘tristes’ las espinacas? Ideales para caldito o relleno de empanadas. Comíamos frutas y verduras en temporada y con sabor a recién sacado de la tierra. ¿Vegetales congelados o comida sintética? ¡Nunca! Sabía preguntar si los tomates eran de tal pueblo y en que época el menú debía de incluir ejotes o loroco. Siempre local, siempre con esa conexión a la tierra.

Llevábamos comida de casa en empaque reciclable, eso de reutilizar artículos era de diario. Botellas reusables, obvio y por supuesto. Bolsas reusables, todas y cada una para su función específica: loncheras para la refa y el almuerzo, las canastas designadas únicamente para el mercado, la canasta para las tortillas y la del pan.

Reparar cuanto aparato ya no estaba funcionando (en vez de comprar uno nuevo y botar el viejo): sabía exactamente dónde se conseguía el empaque de la licuadora Oster que se había vuelto a romper y qué zapatero hacia mejor trabajo remendado los Kickers que necesitaban durarnos el resto del año escolar. Donar cosas que ya no nos quedaban en vez de tirarlas, siempre se encontraba dónde y tenía el ingenio (y se me hace que los conectes también) para encontrar cosas de las que podíamos hacer uso, especialmente cuando los heredos se pasaban de hermanos mayores a menores o de una familia a otra.

El dichoso artículo recomendaba ‘invertir’ en un área para tender ropa, en vez de usar la secadora, desconectar aparatos electrónicos cuando no se están usando y apagar luces sin uso. Tres formas en las que podemos ayudar al medio ambiente, nada nuevo para mí pues así fui criada.

Compostaje, salvar y reusar agua en vez de tirarla. ¿En esta agua se cocieron los huevos? Perfectas para regar las violetas por eso del calcio, la shinga del café el mejor abono natural junto con las cáscaras de papa y sobras vegetales ahora conocidas como compostaje.

Mi mamá siempre entendió que este planeta nos había sido encargado, no regalado, por lo que siempre fue y ha sido el mejor ejemplo de mayordomía (o guerrera ecológica) que yo conozco y que aspiro a ser.

La anfitriona, Mai Paiz

Me tomarían varios tomos o temporadas hablar sobre las cualidades de mi mamá. Pero considero que uno de sus superpoderes es el de la hospitalidad. Soy tan afortunada de haber crecido en un hogar, no era solamente una casa con la mesa bien puesta, comida de primera (así fuese arroz y frijoles), orden, limpieza y la puerta siempre abierta.

Una casita que era el epicentro de la vida social de cuatro hijos -extremadamente sociables-. A pesar de ser una casa de colonia, siempre había espacio para recibir a alguien más. Mesa en el comedor y en la cocina, obviamente redonda para acomodar a muchos, con banquitos de madera listos para sentar a un invitado más (usualmente inesperado). Suficientes platos en cada una de las vajillas y jamás desentonar: vasos, cubiertos y platos incluidos; por supuesto un plato desechable estaba prohibidísimo, ¡sacrilegio total!

En esta casa 13-73 desfilaron desde los compañeros de clase, quienes llegaban a realizar el trabajo en grupo, hasta la extranjera de intercambio (antes que fuese una moda) que se convertía en hija adoptiva, pasando por misioneros extranjeros, compañeros de estudios del interior de la República sin familia en la ciudad, pastores, músicos, diplomáticos, guerrilleros, artistas, pintores, doctores, punks, hippies y familia.

Conforme fui creciendo me percaté a la singularidad de esta situación al darme cuenta de que esto no era usual en la mayoría de casas guatemaltecas y que el motor de esta hospitalidad tenía dos nombres y tres apellidos: Oralia Estela Miranda Hammer de Paiz.

Sin importar quién fuera o en qué estado llegara a mi casa, mi mamá ha tenido el superpoder de hacerlos sentir cómodos y bienvenidos, de alimentarlos abundante y saludablemente, de escucharlos y aconsejarlos como una madre. De orar, llorar y celebrar con ellos.

Amando a otros, sirviendo a extraños, compartiendo un espacio de aceptación, conexión. Al punto de que nuestros amigos y amigas llegaban después a visitarla a ella.

Más allá de un delicioso plato de comida en vajilla coordinada con el color del mantel o la constante multiplicación de los alimentos, el superpoder de Estelita es el de servir a los demás de manera que se sientan vistos y escuchados. Ella siempre ha sabido amar a través del servicio. Mi mamá, mi héroe.

Mai Paiz Valiente, intensa y en proceso de redescubrimiento. Perfectamente imperfecta. En búsqueda de una vida con propósito, un día a la vez. Más cómoda que nunca en esta piel. Amante del café, de una buena carcajada y con la maleta lista para cualquier viaje.

Mariela Paiz – who has written posts on Ladrona de frases.


Mariela Paiz
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