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Más allá de divertirte y pasarla bien, sin darte cuenta un viaje te hace ser vulnerable y te saca de tu zona de confort para adentrarse un poco más en ti misma. Esto es lo que la majestuosa ciudad de Japón me mostró.

Mi experiencia de viajar empezó hace no mucho. De hecho, fue en enero del 2019 que decidí ­–junto a mi mejor amigo– aventurarme a conocer el otro lado del mundo. Tomamos la determinación de viajar al futuro, anticiparnos 15 horas del día y ver cómo era la vida a unos miles de kilómetros de mi linda Guatemala.

Con presupuesto en mano, dinero de emergencia y muchísimas ganas de ir experimentar ¡Japón me esperaba! Cuando mis papás se enteraron lo tomaron muy relajados, creo que no dimensionaban lo que venía; los pocos amigos que se enteraron se emocionaron conmigo porque era una experiencia totalmente nueva.

Un país donde el idioma o las letras son literalmente otra cosa. Un viaje tan lejos de mi zona de confort , al principio me intimidó, lo reconozco. Recuerdo el recorrido del tren, del aeropuerto al lugar donde nos hospedaríamos, en mi mente no dejaba de repetirme “¿qué rayos hago acá?”. Por unos cuantos segundos sentí miedo, me imaginé escenarios horribles, recuerdos de películas que no ayudaban mucho. Fueron segundos incómodos. Sola, sin mis papás, a miles de kilómetros y sin saber el idioma… No había nada más vulnerable para mí.

Esa vulnerabilidad me llevó a darme cuenta de lo feliz y cómoda que estaba en mi zona de confort. Me hizo notar que no soy tan “auto suficiente” como me consideraba. Ese viaje sacó a flote lo que quizá siempre estuvo ahí. Dos años después, lo sigo procesando. Fue ahí cuando descubrí que es cierto lo que te dicen de los viajes: te cambian la vida. Yo pude experimentar que te transforman la vida porque te ponen de frente a tus miedos, tus ideales, tus comodidades, tu ego, tu carácter y jamás vuelves siendo la misma.

Viajando te conoces más

Mi primer trayecto en tren no sería el único escenario donde la vulnerabilidad me confrontaría, después todo se volvió una aventura de doce días de arrancar el día con las expectativas hasta el cielo, un buen abrigo y pies firmes.

Luego de conocer varios lugares dentro de Tokio, la ciudad que fue nuestro destino principal, nos cambiamos de hotel para conocer más ciudades dentro de Shinjuku.

Entre tanta anécdota puedo citar que el hospedaje que habíamos reservado era para fumadores y por la época no tenían opción para cambiarnos de habitación. Con un gran dolor de cabeza provocada por el olor a cigarrillo y la frustración, decidimos pasar solo una noche ahí y a la mañana siguiente nos fuimos a buscar otro alojamiento. Con la premura del tiempo y precipitándonos a cancelar la reservación, decidimos agarrar las maletas (cada una de 50 libras) y recorrer en tren, bus y caminata la ciudad para llegar a Ginza.

Ginza no estaba en nuestros planes, pero gracias a ese inconveniente pasamos la mayoría de noches ahí, pues la ciudad nos enamoró. Conocí Ginza gracias a un momento de tensión y “vulnerabilidad”. ¿Ven cómo los “inconvenientes” pueden ser buenos?

La cultura japonesa es impresionante y la forma de hacerte sentir que estás en un mundo diferente es espectacular. Cada esquina era una foto única. Recuerdo hasta el sonido de los semáforos y los llamados a abordar en cada estación. El olor a la ciudad y la sensación de recorrerla.

El penúltimo día de viaje me enfermé y tuve que quedarme en el lugar donde nos hospedábamos. Me dio fiebre y el cuerpo me dolía exageradamente. Dormí casi todo el día y con señas y gestos logré que la chica del lugar me preparara un té para sentirme mejor.

A veces uno se crea ideas de película que distan muchísimo de la realidad, incluso diseñas tu propio guión esperando que todo se lleve a cabo a cabalidad, pero la realidad está llena de esos contratiempos y todo aquello no planeado. Desde mi punto de vista, la realidad es mejor, lo que no está planeado sabe a aventura y es el mejor sabor que puedes tener en cualquier viaje.

Anelisse Melgar

Soy Anelisse, me gusta caminar cerca del mar, las noches de domingo, hacer fotos, bocados de vida como les digo yo. Las canciones con historia, la mermelada de piña. No me gusta madrugar, ni las discusiones sin motivo y siempre dejo el café a medias. Me fascina cantar en el carro y evidentemente, viajar.

Anelisse Melgar – who has written posts on Ladrona de frases.


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