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¿Qué harías si te quedaran 48 horas de vida? ¿Cuáles serían tus acciones en ese periodo?

Estoy convencida de que si tuviéramos plena conciencia que nuestra licencia de vida es limitada, la viviríamos de manera distinta. Nos complicaríamos menos, bajaríamos la guardia, disfrutaríamos más la vida, la familia y las amistades. Amaríamos más, pediríamos más perdón y no guardaríamos rencor. Quizás no podríamos cambiar los desaciertos, pero a lo mejor nos complicaríamos menos con cada mal paso. Sin duda nos atreveríamos a expresar más lo que llevamos dentro.

Probablemente seríamos más misericordiosas con nosotras mismas y nos negaríamos al filtro de la perfección. En resumen, disfrutaríamos más nuestra fragilidad y vulnerabilidad, esa que nos acerca a nuestra humanidad, porque al fin de cuentas quienes nos aman no necesitan todos esos filtros que vamos añadiendo con el paso del tiempo y las malas experiencias.

Si viviéramos pensando que de un momento a otro la vida se acaba, probablemente no temeríamos mostrarnos tal y como somos, no habría vergüenza ni temor a ser juzgadas. Eso es lo que propicia la vulnerabilidad, nos quita los filtros y nos obliga a mostrar nuestras cicatrices que nos recuerdan las peleas que hemos enfrentado – no necesariamente ganado –. La historia de Adán y Eva nos muestra que la vergüenza nos lleva a cubrirnos, que cuando cometemos errores nos escondemos y que le echamos la culpa a otro en lugar de asumir nuestra responsabilidad.

Parece que por un mecanismo de defensa, procuramos mantener nuestro defectos “bajo control”, intentando evadir el rechazo porque buscamos lo opuesto, el amor y la aceptación. Según la aceptación que recibimos en casa y fuera de ella, se mide el grado de genuinidad que mostramos u ocultamos. Es bueno remitirnos a ese momento donde descubrimos que ocultando algo seríamos aceptadas. 

Estas semanas que hemos tenido historias de mujeres reales que se han atrevido a dejar por escrito su vulnerabilidad, me han llevado a descubrir que hablo poco de la indisciplina que me ha acompañado a lo largo de los años, de la frustración que me producen mis propios fracasos y los temores que me han llevado a construir un lado fuerte, indiferente e incluso insensible que retienen mis lágrimas… Hablo poco del hecho de no estar preparada para despedir eternamente a mi círculo más cercano. Abracé mi vulnerabilidad, la reconocí y la acepté. 

Leyendo las columnas de mis amigas descubrí que se necesita más coraje abrir el corazón que seguirlo guardando, que es más valiente la que se atreve a marcar límites ante el primer signo de acoso que la que guarda silencio porque teme ser juzgada, es más valiente la mujer que está dispuesta a volver a creer en el amor después de un divorcio que la que guarda su corazón para no ser herida nuevamente o la que se desnuda para mostrarse por dentro.

No sé cuánto tiempo te quede o me quede de vida, lo seguro es que no somos infinitas, por eso vale la pena vivir reconciliadas con esos innombrables sentimientos: abandono, frustración, rechazo, imperfección que nos recuerdan de dónde venimos, pero no determinan a dónde vamos. 

Sabemos que no es fácil exponer los sentimientos que llevamos dentro, pero es un ejercicio liberador y como dice la experta Brené Brown “lo que nos hace vulnerables nos hace hermosas”. ¿Te atreves a ser hermosamente vulnerable?

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre. Robadora de frases. En proceso de construcción. Amante de los viajes, buenos libros y museos.

Marly Leonzo – who has written posts on Ladrona de frases.


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