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Nadie se casa pensando en cómo se desarrollará su divorcio, ni se inicia una empresa pensando en la banca rota, ni se enamora pensando en el momento en que le “quemen el rancho”. ¡El fracaso no se planifica!

Soy fanática del futbol. Disfruto mucho el juego, la estrategia que está más allá de patear la pelota y aunque sé que no es una disciplina que les atraiga a las mujeres, me parece acertada para usarla como ejemplo de fracaso. En un partido de fútbol hay 90 minutos para que un equipo anote más goles y así se pueda quedarse con los 3 puntos que representa la victoria; 1 punto si empatan y si pierden no se llevan nada. Mi equipo favorito ­–desde hace más de 25 años– ha ganado muchos partidos y campeonatos significativos, pero ha perdido otros de manera desastrosa. Es así donde uno dice ¿cómo es posible que esos jugadores, a los que les pagan millones por hacer ese trabajo, no jueguen bien? ¿Cómo otros equipos que no tienen una plantilla de esa magnitud los goleen? ¿Fracasan a propósito?

Por muy profesionales que sean, después de esas pérdidas bochornosas les cuesta volver a ganar. Incluso se habla de cómo esas derrotas los indisponen para otros partidos. Aunque parezca inaudito, nuestra vida de mortales no es muy diferente a la de esas estrellas de futbol. Claro, no ganamos lo mismo, pero veamos detenidamente. Si le damos play a nuestra vida podremos ver cuántos partidos hemos ganado y perdido. Cómo nos ha costado reponernos de esas derrotas y quizás nos encontremos con una ese fracaso apoteósico que nos marcó para toda la vida.

Por muy preparadas que estemos, hay cosas que no salen como las planeamos. Por mucho que intentemos ganar, no siempre se puede. Los factores o probabilidades son infinitas, a veces las circunstancias juegan a nuestro favor o en contra. Con un poco de optimismo podemos decir que esas derrotas son experiencias que nos enseñan a jugar mejor la siguiente temporada, pero es difícil verlas así cuando las consecuencias nos sobrepasan.

Nadie se casa pensando en cómo se desarrollará su divorcio y cuántas lágrimas derramará en el proceso, no conozco a nadie que haya iniciado llena de ilusión una empresa para después quedar en banca rota; ni se me ocurre que haya alguien haciendo exámenes de admisión en la universidad para dejar todo tirado en el noveno semestre. No pasa por mi mente que una persona que hace trámites para ser contratado en una empresa quiera que le despidan para que le den su indemnización o una persona enamorada soñando con el momento en que le “quemen el rancho”. Sin la menor duda, el fracaso no es algo que se planee o desee.

Fracasar es un término que se refiere a obtener resultados adversos, por supuesto que nuestra naturaleza humana no está diseñada para fracasar, por eso nos abruman esos tropiezos y requerimos tiempo para sanar el alma antes de pensar en el siguiente paso.

Mis fracasos

Este panorama me llevó a observar mis propios fracasos, algunos más visibles que otros, pero sin importar el tamaño las secuelas han sido temores e inseguridades que bombardean el cerebro. Por ejemplo, después de casi ocho años de tener un empleo formal, el 2021 lo inicié desempleada, desarrollando proyectos personales y hay días en los que he tenido que luchar para deshacerme de la aprensión.

Conozco amigas que han sabido aprovechar el fracaso para llenarse de fuerza y valor para resurgir más fuertes y plenas. Dos de ellas, después del divorcio encontraron un amor más intenso que las hace feliz y se nota que era necesario terminar con aquel matrimonio que las marchitaba y consumía.

Cada una vive su propio proceso para volver a salir a la cancha a jugar, lo que no se vale es que el miedo o la vergüenza nos paralicen, no importa en que área de la vida se dio el fracaso –profesional, sentimental o personalmente –, hay que vivir las etapas que sean necesarias para sanar y retomar o reinventar lo que sea necesario para volver a jugar.

No tropieces con la misma piedra

Aunque fracasar no es un objetivo podemos sacarle provecho. Dicen que si te dan limones, hay que sacar una buena limonada así que desarrollemos acciones que nos permitan convertir este proceso en aprendizaje.

– Analizar. Determinar lo que hicimos bien o mal para evitar que esos errores se repitan.

– Autoevaluación. No culpes a otros, reconoce tus omisiones o tus implicaciones. Esa honestidad será muy valiosa para sanar tu corazón.

– Suelta el pasado. No te aferres a lo que invertiste, lo que dedicaste o lo que perdiste. Tu dolor no hará que todo regrese.

– Sacude los pies. No importa en qué área fracasaste concede el perdón a otros y a ti misma. Eso evitará que seas una mujer desconfiada, vengativa o calculadora.

– Planifica. Cuando estés lista planifica los detalles de la nueva meta, no dejes que las cosas se den solas. Sé intencional.

– Levanta el rostro. Fracasar es de humanos, así que no te preocupes por lo que digan los demás, ellos también han estado en su lugar más de una vez.

Si estás viviendo un resultado adverso al que esperabas, te sugiero que hagas una lista de tus éxitos, pequeños o grandes éxitos te permitirán ver que tus logros son mayores que tus fracasos, observa que ya has triunfado anteriormente, no permitas que el fracaso te defina. Evita tropezar con la misma piedra.

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre. Robadora de frases. En proceso de construcción. Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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