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Todo viaje nos enseña que cada país, lugar, calle, cultura, persona y comida tienen su propia historia escondida y es necesario estar del otro lado para conocerla.

Mi amor por viajar comenzó cuando todavía no tenía manera de expresar el sentimiento que me producía estar frente a la majestuosa Torre Eiffel en París, a la par de la estatua de 38 metros de alto del famoso Cristo Redentor en Río de Janeiro o disfrutando de un chocolate caliente mientras me acercaba al inmenso glaciar Perito Moreno en la Patagonia.

He tenido la oportunidad de hacer viajes increíbles. He podido subirme al Hiram Bingham, uno de los trenes más lujosos del mundo, para llegar a Machu Picchu; también he andado en bicicleta sobre las tranquilas calles de Ámsterdam, he caminado en los hermosos paisajes que ofrece Lisboa.

Mi memoria guarda muchas anécdotas, es difícil seleccionar una en particular. De hecho, pensar en esas experiencias me despierta un remolino de sentimientos que vienen acompañados de recuerdos que dan ganas de repetir una y otra vez.

Uno de los viajes que considero más importante fue el que me enseñó el mágico poder de desear tanto que un sueño se haga realidad. ¡Qué satisfactorio es tener un sueño, y por más pequeño que sea, verlo cumplirse! Dios sabe cómo, cuándo y dónde cumplírnoslo.

Desde que tengo memoria soñaba con ir a un concierto de mi grupo musical favorito. Coldplay realizó una de sus giras más grandes por el mundo y comenzó en Latinoamérica y finalizó en Europa. Por obvias razones ellos no pasaron por Centroamérica, pero el país más cercano al que pude haber ido a verlos era a México.

En cuanto me enteré lloré para que mis papás me llevaran porque era una oportunidad que no tenía idea cuándo se podía volver a presentar. Al final de todo, la respuesta fue “no”. Yo me hacía cantando a todo pulmón, tomando fotos, grabando videos, en fin, algo que “no iba a pasar”.

Pero Dios tenía planeado cumplirme ese sueño de manera diferente. El 19 de junio del 2017 a las 9:20 de la mañana estaba tomando un vuelo junto a mis papás, con destino a Bruselas, con las entradas en la mano para el primer concierto que darían en en estadio ubicado en uno de los lugares más turísticos de Bélgica: El Atomium. Es una estructura formada por 9 esferas brillantes y con 102 metros de alto, en pocas palabras un lugar impresionante.

Se imaginan mi nivel de felicidad. ¿Quién pudo imaginar que yo estaría disfrutando el mejor concierto de mi vida estando del otro lado del mundo?

¡Definitivamente Dios se lució conmigo! Él planificó ese día para que todo saliera perfecto, desde el calorcito que hacía ese día de verano hasta el sector donde nos encontrábamos dentro del estadio, literalmente podía tocar el escenario, cada detalle fue mágico.

Aprendí que los sueños sí se hacen realidad cuando uno los anhela con todo el corazón. También a ser paciente porque, a pesar de que las cosas no salieron como quise a un principio, me sorprendí de que salieran tres veces mejor de lo que imaginé. Y, a disfrutar cada bendito segundo de mi vida en dondequiera que ande, porque de esa manera sé que la estoy aprovechando al máximo. Cada país, lugar, calle, cada cultura, persona y comida tiene historias escondidas y es mejor adentrarse para conocerlas.

Cada viaje es una aventura y reto diferente que vale la pena vivir. Esos detalles nos van convirtiendo en mejores personas, más abiertas, con más conocimiento, con nuevas ideas, con mejores habilidades de comunicación. Nos enseñan a no tener miedo de ser más atrevidas y espontáneas, a dejarse sorprendernos de las maravillas del mundo, pero, sobre todo, a que cada día es una nueva oportunidad para vivir la vida lo mejor que podamos.

Sofía García

Comunicadora. Amante de los viajes y la naturaleza. Amante de las mascotas.

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