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Tomé la poca fuerza que me quedaba, me di una palmada en la espalda y crucé fronteras con la única expectativa de regresar completamente transformada de ese viaje.

Por años disfruté escribir el libro de mi “futuro ideal”, donde plasmé  sueños, metas, retos, deseos, anécdotas, recuerdos y todo un álbum lleno de fotografías que representaban mi vida, la planificación y en perspectiva lo que quería vivir. En un cambio inesperado ese libro se llenó de cenizas que simplemente se desvanecieron en mis dedos.

En el ánimo desesperado de encontrar respuestas, salidas, refugios, estabilidad, desahogo, desfogue, escape o cualquier otro camino que me llevara a resolver todo eso que me estaba asfixiando y acabando en ese momento. Decidí emprender un viaje completamente sola, con la certeza y anhelo de tener un encuentro conmigo misma.

Así acompañada de mi Biblia, mi billetera, la cámara de mi celular, unas cómodas sandalias y mi playlist de Lilly Goodman arranqué una travesía que nunca estuvo en mi planificación de vida.

Tomé la poca fuerza que aún quedaba, me di una palmada en la espalda y crucé fronteras con la única expectativa de regresar a mi amada Guate completamente transformada. Grecia, Turquía y Barcelona esperaban por mí.

Fue un 19 de agosto cuando inicié la travesía que me llevó a recordar, entre forzada y voluntariamente, mis cualidades, virtudes y destrezas, sí tuve que redescubrirme para poder cruzar las fronteras del idioma; comprender que no todas las almas son precisamente bondadosas; que debes tener cuidado al caminar por la calle aunque rebases los 30 años.

También que eres capaz de tomar un bus; de caminar largas distancias; de arrastrar una muy pesada maleta; de lograr encontrar tu hotel; de agendar actividades para distraerte a ti misma, de hacer buenos amigos, de intentar rentar una cuatrimoto y no poder hacerlo por más que ruegues porque no tienes la “licencia categoría C”; de comer cuando quieres y donde quieres, ser responsable porque el presupuesto sí o sí “debe ser suficiente”; de leer un buen libro a mitad de la nada; de hablar con Dios donde fuera “porque igual ni entendían tu idioma y jamás sabrían lo que tú y Él hablaban”.

Luego de vivir por cinco días un sin número de anécdotas, fue al sexto día, estando en Mykonos, que al regresar muy alegre de comprar algo para prepararme el desayuno mi corazón palpitó con la frase de una melodía: “y aprendí que en la vida todo tiene un sentido (…) y que al final será mucho mejor lo que vendrá (…)”, me quebranté y le dije a mi Dios “somos tú y yo, solos”, algo me movió a tomar mi Biblia y la abrí en el versículo de Proverbios, Dios simplemente comenzó a hablar a mi corazón, lloré hasta que mis ojos se secaron y saqué todo lo que aun guardaba, finalmente me liberé de todo lo que había vivido.

Durante horas hablé con Dios sobre retomar sueños, le agradecí por las experiencias vividas, me disculpé por mis malas reacciones y luego reí muchísimo mientras me preparaba con mucha emoción y felicidad genuina para seguir disfrutando de los 13 días que aún me restaban de viaje.

El viaje cumplió su propósito, quizás esa conversación con Dios pudo darse en mi propia casa, sin ir tan lejos, pero ese instante me llegó a kilómetros de distancia. Lo cierto es que pude ver que necesitamos alejarnos en silencio para autoanalizarnos, encontrarnos nuevamente y finalmente enamorarnos de nuestra propia escencia.

Para esas etapas en las que tus planes se esfuman o se desvanecen, debes encontrar esa felicidad interna, pues si estás feliz contigo, lo estás con el mundo entero y no existe cosa más gratificante que compartir tu amor y felicidad.

Karin Hidalgo

Mujer fuerte, carismática, alegre, emprendedora, amante de la vida y apasionada de los retos, así como nuevas experiencias. Soy de las personas a las cuales no pueden decirles no se puede, no se hace o simplemente NO, porque me están retando a obtener un sí.

Karin Hidalgo – who has written posts on Ladrona de frases.


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