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En el feminismo es obligatorio el odio al hombre y a la mujer que opina distinto. Además, lucha contra a la feminidad, el amor y la verdad.

Hace unos días leí una entrevista que la filósofa y teóloga Alice Von Hildebrand, autora del libro “El privilegio de ser mujer”, dio a Zenit en 2003, con motivo de la publicación de esta obra. En ella, habla de cómo el feminismo ha arrebatado a las mujeres conceptos tan básicos y hermosos como la delicadeza, la belleza y la dignidad.

“Lo sorprendente es que el feminismo, en vez de hacer a las mujeres más profundamente consciente de la belleza y la dignidad de su papel como esposas, madres, y del poder espiritual que puedan ejercer sobre sus maridos, las convenció de que ellas, también tenían que adoptar una mentalidad secularista”, menciona Alice.

¡Qué ciertas son esas palabras! Cuánto se ha olvidado la mujer de su valor, su dignidad, su influencia, del poder que tienen sus palabras y acciones cuando estas van cargadas de la verdad. Y todo, por el deseo utópico de eliminar por completo las diferencias entre hombre y mujer. Por querer ser iguales al hombre han olvidado lo que significa ser mujer. Es utópico, porque luchar contra la naturaleza de ambos sexos es una batalla perdida. Por supuesto que existen injusticias y violencia, el machismo también es una realidad innegable, pero la respuesta no es lo que el feminismo plantea.

Aunque no es algo nuevo, el discurso feminista se potencia cada día más utilizando, lamentablemente, a las mismas mujeres asesinadas o abusadas para movilizar agendas que nada tienen de protección o dignificación de la mujer. Parece ser que para identificarte como feminista no solo es obligatorio el odio al hombre, sino también el odio a la mujer disidente, a la que opina distinto.

A las mujeres que nos oponemos al infanticidio dentro del vientre, que elegimos libremente casarnos y formar una familia, que creemos en Dios, que potenciamos la complementariedad entre hombre y mujer, que condenamos todo tipo de violencia contra un inocente, las mismas mujeres que dicen defendernos y que sin ellas no podríamos opinar, nos insultan, nos amenazan de muerte, nos desean una violación para que “sepamos lo que se siente”, nos dicen que nuestra fe es anacrónica y patriarcal.

¿Sabrán sus partidarios que muchas de nosotras hemos sido víctimas de acoso, de una violación o que nos hemos enfrentado a un embarazo no planificado? ¿Sabrán que muchas hemos sido víctimas de una violación o que hemos perdido a un familiar a manos de una abusadora? No saben que muchas nos enfrentamos a luchas que el feminismo abandera como propias y que, por esa misma razón, sabemos que la respuesta no está en la violencia, en la mentira ni en la venganza. Está en el amor y en Dios, dos cosas que el feminismo le ha arrebatado a la mujer, entre otras.

El feminismo ha hecho que la mujer se olvide de su esencia. Ha convencido a tantas mujeres, especialmente a las jóvenes, de que la feminidad es sinónimo de debilidad, de opresión y manipulación. “Ellas comenzaron a mirar con malos ojos a las virtudes tales como la paciencia, la abnegación, la entrega y la ternura”, continúa Alice.

Todas esas virtudes nos caracterizan como mujeres y puestas en práctica, nos convierten en personas más humanas, en mujeres que buscarán hacer el bien a su prójimo sin importar de quién se trate. Esa delicadeza de la mujer no la tiene el hombre, ese talento para leer corazones y saber lo que alguien piensa con solo mirarlo no lo tiene el hombre. Somos diferentes y complementarios y eso no significa que como mujeres seamos débiles o estemos oprimidas. Al contrario, vivir nuestra feminidad como Dios ha querido nos lleva necesariamente a la libertad.

También intenta borrar el amor -no solo el amor romántico entre hombre y mujer-, luchando en contra del matrimonio y la familia, y borrando todas las líneas y límites en cuanto a la expresión de una sexualidad desordenada, sino el amor como caridad hacia el más necesitado e inocente. En los momentos más oscuros, una no quiere recibir una amenaza de muerte, insulto o burla, lo que se busca es una mano de ayuda, un hombro para llorar, una luz entre la obscuridad.

Nuestra misión como mujeres también es esa, ser la mano, hombro y luz para los demás. A través de ese amor divino, las mujeres podemos cambiar realidades muy tristes. Cuando llega la adversidad, el feminismo desaparece y te abandona, pero el amor, la fe y la humildad se quedan. Es ahí en donde muchas encontramos de nuevo el sentido de la vida y la motivación para ayudar a otros a encontrarlo.

¡Prohibido pensar diferente!

Finalmente, pero no menos importante, el feminismo quiere que las mujeres se olviden de la verdad. La manipulación, adoctrinamiento y esclavitud son fundamentos del movimiento. Esto queda claro no solo en la repetición de discursos que sus partidarios manejan, sino en el rechazo completo a la disidencia e irónicamente, a la diversidad de pensamiento. Esto queda claro en el rechazo total a Dios.

Sin la verdad, cualquier performance, organización, curso, emprendimiento, baile o acción para procurar el “bien de la mujer” no vale. Sin la verdad, cualquier buena intención queda en el aire y el resultado es la esclavitud, con ella la mujer pierde el gran impacto que tiene en los demás. Bien dicen que una mujer puede conducir a la grandeza o a la ruina, y con ello, llevarse a muchas otras personas consigo. Como menciona Alice en la entrevista, muchas están guiando a otros a la perdición y al rechazo de su propia naturaleza humana.

“El feminismo, que ha causado estragos en nuestra sociedad, sólo puede explicarse por la pérdida de sentido de lo sobrenatural y la victoria del secularismo. La ceguera es un defecto serio. La tragedia hoy en día es que los ciegos, sin saber que son ciegos, están guiando a otros por la pendiente del pecado, haciendo uso de astutos lemas que la gente se traga alegremente porque halagan su orgullo y espíritu de rebeldía”.

Recuerdo una vez que me preguntaron si odiaba a las feministas, yo dije que no. ¿Por qué? Por dos razones: la primera, porque tengo la esperanza de que quienes sí sepan lo que defienden, reconozcan el error que cometen al militar por una causa perdida, mortal y destructiva. ¡Qué bien haría la mujer si en lugar de dejarse llevar por modas o dinero lo hiciera por el bien y la verdad! La segunda, porque dentro de esa militancia antimujer, antirreligiosa, antivalores y antinatural hay muchísimas jovencitas que no saben lo que hacen, que buscan pertenecer a algo grande y trascendente. ¡No las olvidemos! Sus vidas son valiosas y pueden dejar un legado realmente trascendente. Quizá lo que hace falta es una llamada nuestra, una enseñanza, una muestra de cariño o un simple tweet.

Si el feminismo ha olvidado todo lo anterior, no lo hagamos nosotras. Demos la batalla contra el mal que nos acecha, contra la violencia hacia el inocente, contra la mentira y el engaño por medio de recuperar y vivir nuestra feminidad con todo el amor de nuestros corazones y siendo fieles defensoras de la verdad. Esa es la respuesta.

Elena Gaytán

Soy una mujer guatemalteca de 25 años. Aunque fallo y cometo errores, mi motor y fundamento de vida están en Dios. Considero a mi familia como la mayor bendición, ya que ha sido el lugar seguro y cálido en el que aprendí a defender lo que es bueno, a creer y a amar. Me gusta escribir y escuchar historias. Escogí el periodismo como profesión para que a través de mi voz y pluma la verdad sea conocida y amada. Actualmente, soy la directora de comunicación de la Asociación la Familia Importa, plataforma desde la cual he podido poner en práctica lo que creo y ayudo a mi país.

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