Tiempo de lectura: 3 minutos

No es la mamá convencional de recetas y manualidades. La nuestra ha sido proveedora, un eje capaz de luchar feroz cuando sus hijas son víctimas de injusticia o maldad. Sí. ¡Mi madre es un eje!

Me pierdo en el algodón de su cabello cuando necesito un bocado de ternura. Siete décadas de experiencia le han otorgado ese color. Beso su cabeza y me regala sensaciones que hacen bien. Veo en su rostro el andar del tiempo, en su mirada lo que en ella ha forjado. Merece una y otra reverencia. Ovación de pie.

Escucho cómo tropiezan sus palabras cuando elabora un argumento complejo y, al mismo tiempo, su voz es miel cuando ofrece un “te amo, baby”. Mi madre llegó al remanso de sus años dorados después de haber dado cuenta de una historia extraordinaria. Comprender quién es hoy después de lo vivido ayer, es un privilegio. 

Contar su historia con cada entresijo supone un reto imposible. Porque, a lo largo de su vida, mi mamá ha asumido su maternidad bajo distintas circunstancias. El destino la colocó en sitios impredecibles.

El paisaje de los primeros años fue plácido y divertido y convencional. En el transcurso de cuatro años nacimos tres niñas. La cuarta llegó tres años después. En aquel tiempo, mi madre era ama de casa y de cría. Es fácil rebobinar el tiempo. Estar allí.

Una mujer joven con un metro de costura colgado al cuello cose en una máquina blanca vestidos para sus hijas. En un rincón, un corral es habitación de juegos para una pequeña que se entretiene mordiendo un arito amarillo entre balbuceo y balbuceo. Tiene un año. En el aire van y vienen jolgorios de las otras niñas. La tercera corre de un lado a otro, aún no cumple 5 años. Las dos mayores, (8 y 6) hablan sin parar.  

Aquel paisaje familiar fue absurdamente breve. En cuestión de horas todo cambió. Un accidente, la pérdida de mi padre, las implicaciones de su perpetua ausencia, las hijas tan pequeñas. Ella tan joven. De un momento a otro la muerte transformó la vida. Mi mamá adoptó otra faceta de maternidad, no tuvo opción.

Cambió el escenario y cambió la rutina. La constante que nos mantuvo a salvo fue su compromiso amoroso de salir adelante a toda costa. Se convirtió, a los 31, en madre soltera y trabajadora. Forjó un hogar sobre cimientos de disciplina, orden, austeridad y responsabilidad innegociable. La adversidad le templó el carácter. Era estricta, organizada. Procuró a sus hijas un ambiente siempre seguro a pesar del duelo. Imagino que sintió miedo, pero jamás permitió que lo viéramos. La estructura que diseñó es un legado que aún vivimos.

El lenguaje de su amor cambió bajo el peso de la responsabilidad. No era la mamá convencional de recetas y manualidades. La nuestra era proveedora, un eje capaz de hacer instalaciones eléctricas con suma facilidad o de luchar feroz cuando sus hijas eran víctimas de injusticia o maldad. Sí. Mi madre es un eje.

De ella aprendimos a transitar con dignidad por la vida, a preservar la unión familiar a toda costa y, especialmente, a trabajar con disciplina e integridad. La vimos convertirse en empresaria. Nos enseñó que el riesgo es necesario si queremos alcanzar mejores metas y que ese riesgo supone satisfacción, pero también grandes esfuerzos.

Llegaron otras pruebas y otras formas de ser madre. Una enfermedad incurable cambió la vida de la tercera de sus hijas. Aprendió de ciencia tanto como de cuidados. Incansable, no permitió que la dificultad la paralizara.

Ha vivido tanto mi mamá, ha sido maestra, ingeniera, consejera, guardaespaldas, ha sido madre de mil sólidas maneras. Con su ejemplo nos enseñó a creer en nosotras mismas.  

Ahora su pelo es blanco y su paso pausado pero su esencia no cambia. Debajo de cada afán que la conduce por la vida, custodia un manto de amor inagotable que ha sabido derrochar con ternuras de abuelita en cada uno de sus nietos. Es el mismo manto que la hizo fuerte. Sus años de trabajo incansable, de comandancia militar para hacer de sus hijas mujeres de bien, dieron fruto.

Aún el eje, hoy es un ser que invita al apapacho, una cobija cariñosa siempre presente en el centro de su familia. Ovación de pie para mi madre.         

Nicté Serra

Desde pequeña soy lectora empedernida. Escribí mi primer poema a los 9 y desde entonces no he dejado de escribir, cuentos, poemas, ensayos, lo que la vida inspire y demande. Ser editora del periódico estudiantil, “La Estrella” (Colegio Monte María) abrió para siempre la puerta a mi pasión por el arte de la palabra. Divido los días entre mi profesión como directora de finanzas en un grupo empresarial, mi familia y la escritura. Por supuesto, la lectura nunca falta. He colaborado en distintas publicaciones impresas y digitales. Actualmente soy bloguera del medio digital Relato.gt y reseño libros para Sophos, La Revista, de forma permanente. En el 2018 escribí una serie de artículos para Look Magazine y fui colaboradora editorial del libro Entre Chapinas. Moriré escribiendo y leyendo. No conozco otra forma de caminar la vida.

Nicté Serra – who has written posts on Ladrona de frases.


¿Te gustó? Compártelo en tus redes