Viudo o viuda, es la palabra que describe a quienes pierden a su pareja; huérfano es el hijo que se queda sin sus progenitores. Pero han notado que no hay una palabra que describa a una madre que pierde a su hijo.

Desde que mi esposo y yo éramos novios definimos los nombres de nuestros hijos, siempre planeamos tener dos niñas y un niño. Y Dios así nos los envió, primero a Natalia, que en la 26 semana de gestación no logró quedarse con nosotros; luego nació Marcela y cinco años después, Diego Pablo.

A los tres meses de su nacimiento, Diego Pablo empezó a enfermarse con mucha frecuencia, pasó 23 días en el intensivo y no logró reponerse de una severa infección en sus pulmones y falleció. Es el dolor más grande por el que he pasado. La muerte de mi hijo me enseñó que las lágrimas se acaban y que el alma te puede doler. Solamente alguien que lo ha vivido sabe qué pesar hay en el alma.

Mientras estábamos en el cementerio no pensaba en otra cosa más que cómo decirle a mi hija de tan sólo 5 años, que amaba a su hermano y lo había esperado con tanta ilusión, que él ya no estaría con nosotros. Cuando le dimos la noticia, nos dijo “siento que me duele el corazón”, y no pudo explicarlo mejor, pues era lo que todos sentíamos, el corazón desecho. Los tres nos abrazamos y lloramos juntos.

En mí había una voz interna que me repetía que yo no lo había cuidado suficiente, me sentía señalada y culpable. Una amiga me dijo: “no todas las cosas pasan por castigo”, y me motivó a leer la historia bíblica de Job. Más tarde comprendí que Dios tiene un propósito para todo y que jamás te va dejar pasar por algo que no puedas soportar.

La muerte de mi hijo también me enseñó valentía y a luchar hasta el último momento, a sacar fuerzas cuando ya no las hay, eso es lo que procuraba en medio de la pesadilla. Mi hija y esposo, se convirtieron en mi motor. Algunas personas, en el afán de mostrarnos su cariño, nos decían que Dios nos iba bendecir y yo pensaba ¿cómo?, ¿no ven que acabamos de perder un hijo? En ese momento, para mí, eran frases vacías y sin sentido. Sin embargo un día noté que mientras el bebé estuvo enfermo usó a gente que nos encaminó a buscar más de Él.

En esas pruebas duras Dios nunca nos abandona. Eso tiene sentido porque decidí ver su amor en el proceso, tuve que soltar la culpa y despejar mi corazón de dudas que solo me martirizaban, ahí en el fondo estaba esa necesidad que tenía de vivir más cerca de Dios. Por naturaleza, nada llena los vacíos como Él. Ahora sé que mi Diego Pablo fue como un corderito, un ángel enviado para rescatarme, salvar mi matrimonio y a mi familia.

Adriana López de Cetino

Diseñadora, emprendedora, apasionada y en constante aprendizaje. Amante del chocolate amargo, vino tinto y café sin azúcar ¡por favor!. Enamorada de toda forma de comunicación gráfica y el color.

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