Aunque todos los seres humanos aprendemos que nuestro ciclo de vida es nacer, crecer, reproducirse y morir, en las expectativas de una madre, son los hijos quienes deben enterrar a sus progenitores. Lamentablemente ese orden lógico o normal puede alterarse bruscamente.

Tuve la fortuna de ser madre de una hija y un hijo, cuando ellos estaban pequeños me tocó vivir un terremoto espiritual, ante el fallecimiento de mi esposo. Como viuda, me tocó ser la proveedora del hogar y sacarlos adelante. El esfuerzo y el amor hicieron posible la tarea.

Una madrugada, de hace hace seis años, recibí una llamada que me partió el corazón. Tuve que enfrentar el momento más duro de mi vida. Mi hijo sufrió un fatal accidente. Salí de mi casa con rumbo al hospital y en el recorrido no podía dejar de pensar en mi Mario, mi corazón tenía la esperanza que todo fuera una equivocación, pero cuando llegué comprobé que no. Su cuerpo aun estaba tibio, pero sin vida… Por increíble que parezca, mi fe me dio la fortaleza para hacer una oración de entrega en la que di gracias a Dios por haberme dado el privilegio de ser su madre, apenas 21 años. En ese lugar tan frío, le entregué a Dios, mi hijo, con dolor y lágrimas, pero con la certeza que no era un adiós, sino un hasta pronto.

Este acontecimiento tan triste me dejó sin fuerzas, sin ilusiones ni ganas de seguir adelante, pero en el proceso descubrí que él no era mi única bendición, tenía a mi nena y algo dentro de mí se enfocó en ella para convertirla en la razón de mi vida. No es que ya no extrañe a mi hijo, es que aprendí que la soberanía de Dios es absoluta y ante él somos seres humanos con límites, que debemos aprender a disfrutar al máximo de lo que nos rodea. Dejé de lado el egoísmo y de vivir solo para mí, entendí que si el ciclo de vida se alteró es porque alguien todavía necesita de mí.

Sé que el consuelo no llega cuando se regresa a casa después de despedir a un hijo en el cementerio, pero mi experiencia me dice que la paz aparece cuando fijamos la mirada en lo que se tiene y no en lo que se acaba de perder. Yo cobré fuerza en Dios y en mi hija que me sigue necesitando, no importa que sea una adulta que formó su propia familia. Después de los años sigo en el proceso de no perder esa felicidad genuina, que no nace de las cosas sino de lo que llevamos dentro. Somos seres humanos llenos de defectos, pero todos tenemos razones para salir adelante. Tengo la confianza de que un día partiré y podré reunirme con quienes se adelantaron, con esas personas a las que he amado y sigo amando.

Leslie Reyes

Mujer y madre.
Estilista de profesión, me gusta practicar la honestidad y la justicia.
Me agrada compartir esta experiencia con otras madres, porque sé lo difícil que este proceso es. Estoy convencida que tenemos derecho a ser felices.

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