—¿Que soy qué?

Perfecta.

Lo miró incrédula.

—¿Perfecta? ¿Para qué?

—Para mí. Yo te veo perfecta. Para mí, eres perfecta —repetía la palabra una y otra vez, como si le estuviera haciendo un favor.

Ella volvió a mirarlo. Había miedo en sus ojos. Le dijo que no podía casarse con alguien que pensara así de ella. Luego se levantó y se marchó sin voltear a ver ni una sola vez.

Él se quedó preguntándose qué había sucedido.

No sé si la escena que describo la vi en una película, la soñé o me la inventé, pero confieso que no me extraña nada que la mujer haya tenido miedo. Y es que el pedestal de la perfección es tan alto que en la caída se pueden dejar los dientes, los huesos y, definitivamente, la dignidad, tanto del que cae como del que ve caer.

Todas las relaciones tienen una etapa —por suerte muy corta— en la que uno ve a la otra persona sencillamente perfecta y cree que todo lo que dice o hace es maravilloso, divertido y ocurrente. Por suerte, y según pasan los días o los meses, el barniz se va cayendo y uno va quedando al natural; debajo de esa capa de falso brillo sale a relucir quienes realmente somos: seres humanos que, si resultamos ser buena gente, trabajamos cada día para mantener el rumbo medianamente derecho o, por lo menos, no equivocarnos más de lo que ya lo hacemos.

No me casé con mi esposo porque lo veía perfecto. Por supuesto que no. Además, estoy segura de que él, mucho más sabio que yo, se dio cuenta, mejor que yo, de lo que se le venía encima cuando me pidió, hace casi mil años, que me casara con él. Si no hubiera visto mi esencia, y si yo no hubiera visto la suya, hace unos novecientos noventa que nos hubiéramos separado, porque no es fácil vivir con ninguno de nosotros dos.

Sin embargo, debo reconocer que ha habido momentos en los que he llegado a pensar que mi vida es casi perfecta —porque no se trata de exagerar—. Ha sido en esos momentos cuando me he dado cuenta de que todo está bien, que (por lo menos en mi caso) elegí correctamente a la persona con la que comparto mi casa, mi hogar, mis hijos y mi yo. Que no importa si a veces él quiere tomar el camino de la derecha y yo el de la izquierda porque, al final, la idea de los dos es llegar al mismo lugar.

Recuerdo una vez que regresé a casa ya bien entrada la noche. Venía de pasar el día con una amiga que me había necesitado. Todo mi alrededor estaba oscuro y silencioso. Al acercarme a la puerta de entrada, esta se abrió sin necesidad de que yo la tocara. Él estaba ahí. Su abrazo fuerte terminó de desplomarme… y me ayudó a levantarme. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos parados bajo el marco de la puerta ni cuánto tardé en recoger del suelo todos mis pedazos, pero sí recuerdo que, en todo ese rato, él no dijo ni preguntó nada. Se limitó a sostenerme.

En otra ocasión, un domingo por la mañana, estábamos los dos solos en la cocina de la casa. Él preparaba el desayuno mientras yo, sentada a la mesa, leía el periódico. No tenía necesidad de mirarlo para saber lo que estaba haciendo. Sabía que revolvía la mezcla de las crêpes, calentaba la sartén, ponía a derretir la mantequilla y agregaba la cantidad justa de masa para que saliera muy delgada. En pocos segundos, toda la cocina se llenó con el olor dulce y amarillo de la crêpe recién hecha. En vez de dejarla en el plato donde generalmente coloca las que va cocinando, la puso en otro que había sobre la mesa. Después, sacó la miel de la despensa y fue a sentarse a mi lado. Yo hacía como que no lo veía. Con la parsimonia que lo caracteriza, vertió miel sobre la crêpe, la dobló como si fuera un taco y, pinchándola con el tenedor, cortó el primer pedazo. Luego lo levantó y, sin decir palabra, extendió el cubierto hacia mí.

Estaba deliciosa, como siempre. Solo que esa vez me supo mejor. Mucho mejor.

Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo un blog llamado, naturalmente, La insólita cotidianidad.

Patricia Fernández – who has written posts on Ladrona de frases.


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