El hombre perfecto sí existe y me gusta pensar que soy parte de su construcción, junto a un hombre que me ha enseñado a entender la complejidad de su perfección.

Crecí en una familia llena de mujeres. Por eso entiendo y conozco muy bien el silencio de mi padre, no lo dejábamos hablar y quien intentó integrarse a la familia fue desterrado por y la que le robaba el sueño o por la actitud dura de mi padre. 

Llegó el momento en que cada una encontró a su hombre perfecto y pusimos sobre la mesa nuestras perfecciones para empezar a construir nuestro propio hogar. Fue así como llegaron los nietos varones a la familia. Una novedad dentro de nuestro círculo familiar.

La llegada de mi primer hijo se convirtió en un reto que sigo explorando. Reconozco que no soy perfecta ni maestra, pero su llegada desarrolló en mí un anhelo y responsabilidad de criar a un hombre perfecto. Así que me puse en marcha para aprender a entender a los hombres perfectos, porque, aunque los medios de comunicación nos bombardeen con ideas erróneas sobre los hombres, creo firmemente que es momento de reivindicarlos.

Los hombres tienen un pensamiento más sencillo, piensan en una sola cosa a la vez, no en las cincuenta que nosotras creemos que tienen en la mente, por eso trato de poner atención a la respuesta a mi pregunta eterna ¿en qué piensas, hijo? Su respuesta es ¡nada! Probablemente es cierto, y si hay algo que agobie su corazón debo crear el ambiente para que él tenga la iniciativa de abrir su corazón, con menos escenario que los de una mujer, será más interesante escucharlo y juntos abordarlo.

Ellos también tienen sus crisis existenciales, aunque no lo demuestran llorando o comiendo helado hasta que le salga por las orejas, igual que nosotras solo necesitan un abrazo fuerte, sin juzgarlos, ni condenarlos considerando que esa gripe pasajera tiene la misma intensidad que una enfermedad gravísima, que esa frustración por no tener trabajo también necesita a la perfecta mujer que estará levantándolo y no tirándole piedras para que le duela más. Por eso, cuando veo a mi hijo enojado, llego a él no con un regaño, sino con un abrazo que quiebre su corazón para después armarlo de nuevo. Así es el hombre perfecto, alguien que también se cura con un abrazo, que responde a lo positivo más que a lo negativo.

Pero para construir un hijo perfecto se necesita una madre imperfecta que está construyendo su perfección. Para que un esposo sea perfecto deberá intervenir una mujer perfectamente imperfecta, que decide integrarse en la construcción de la perfección. Unas veces la lija será la mujer, otras veces el hombre, al final juntos harán una escultura bella que sobrepase el paso del tiempo. El hombre perfecto sí existe y me gusta pensar soy parte de su construcción, de la mano de un hombre que me ha enseñado a entender la complejidad de su perfección.

Marisol Bustamante

Mujer, feliz y dichosa de estar casada. Criadora de nuevas generaciones, acompañante de viajes en la aduana de este mundo para el otro, con una voz ruidosa y carcajada dolby surround 7.1, satisfecha de hacer mi función en el mundo.

Marisol Bustamante – who has written posts on Ladrona de frases.


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