Encontré al hombre perfecto con un solo defecto: estaba casado.

Tengo razones de peso para enviar esta columna y pedir el anonimato. Primero, quiero que conozcan cómo se vive esta historia tan común desde mi perspectiva y segundo, no quiero ser juzgada al abrir mi vivencia tal como sucedió.

Hoy seré Princesa a secas, no lo hago por ser egocéntrica, ni por querer darme la importancia que no tengo, quiero ilustrarte el papel que jugaba en mi relación.

Mi hombre perfecto resultó no tan perfecto, aunque para mí sus cualidades lo hacían perfecto: era trabajador, responsable, cariñoso, atento, me miraba con un brillo especial, yo temblaba al sentir el roce de sus dedos en mi cuerpo y en la cama era un huracán. Él me enseñó a gritar en voz baja, a pedir un beso con la mirada, a soñar despierta, a extrañar con la piel y amar con el alma… Pero hay situaciones que ignoras cuando estás enamorada, yo le creí cada palabra que salió de su boca y disfrutaba escuchar su voz cuando me llamaba “mi princesa, mi amor, mi hermosa, mi cariño…”.

Me hipnotizó con su voz, todos los sábados llamaba para hacer un pedido de comida para su oficina, así entablamos amenas conversaciones. Después de siete meses me pidió mi número personal, luego me invitó a salir y descubrimos que teníamos muchos sueños y planes en común. Más pronto de lo que imaginé, me enamoré perdidamente. En varias ocasiones me llevó a su casa, siempre fue muy romántico y atento, me cargaba en sus brazos para llevarme a su habitación.

Viví mi propio cuento de hadas, hasta que una madrugada recibí su llamada, eran las 2:30 a.m., lo escuché platicar de muchas cosas hasta que me contó de una discusión con “su mujer”, sí, leíste bien, con su mujer. En ese momento no discutí ni hice preguntas, me limité a escucharlo. En ese instante reaccioné, comprendí porqué me decía princesa y era porque él tenía una reina en su casa…

Lloré el resto de la madrugada hasta que logré quedarme dormida y días después volví a escuchar la voz de mi hombre perfecto, claro no tiene sentido lo que te digo, pero para mis ojos y mi corazón él seguía siendo el mismo. ¿Cómo podía reprocharle o gritarle si él había dicho la verdad? Créanme, nunca vi algo que me hiciera sospechar que era ajeno y nunca supe dónde estaba ella mientras yo ocupé su cama.

Ese proceso me dolió muchísimo, hacía tiempo que nada me dolía tanto como reconocer que lo único que le faltaba para ser totalmente perfecto era que fuera soltero. A pesar del daño, el sufrimiento y tanto llanto, no perdí la oportunidad de volver a disfrutar de esos besos que me erizaba la piel, las caricias que me hacían arder, me llevaban a perder la conciencia y me transportaban a un mar de placer.

No puedo negar que fue mi amor y hombre perfecto hasta que llegó el momento para salir de su vida así como entré, en silencio. Después de sanar mis heridas tuve la oportunidad de recibir al hombre perfecto que me nombró su reina, ahora sé lo que se siente ser la dueña del hogar y de su corazón, no la princesa.

Princesa Nada Más

Mujer soñadora.

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