Para reinventarse lo vital viene desde adentro, requiere conectarse con nuestra esencia

Ufff como gemela idéntica he pasado mi vida entera tratando de reinventarme, mostrándome única e inconfundible. Es que a veces, por gracioso que suene, es difícil vivir compartiendo mi precioso rostro, pero al final del día me puedo quejar de cualquier cosa menos de aburrimiento.

Pensándolo detenidamente, a pesar de mi personalidad “Tipo A” -donde mi confundido, pero muy seguro inconsciente cree tener el control-, he tenido más cambios en la vida que mudadas en un concierto de Cher (¡que comprendan los nacidos en el siglo anterior!). Pero hasta ahora reparo en la reinvención como hilo conductor de mi vida.

Lo que nació como un reflejo casi de supervivencia y manifestación perenne de mi “yo”, se ha convertido en el momentum e impulso de mi biografía.

En la niñez, llevando la contra con comentarios o “puntadas” -como decía mi papá-, que pusieron de mil colores a mi recatada y siempre correcta madre, con el típico comentario “ningún niño antes nos había hecho tal observación”.

En la adolescencia, mi cambiante sentido de la moda, o más bien anti-moda que era como un estilo punk con un toque de fosforescente a la tortrix. Citas al colegio para pedirle a mi madre que “por favor me peinara” o cuestionando mis excéntricos gustos al usar zapatos que parecieran ortopédicos: negros, cerrados y de cuero, aunque para mi defensa eran tal como dictaminaba el reglamento de mi amado colegio. Mi yo interior, eligiendo zapatos que hablaran sin palabras. A propósito, ¿les comenté que mi dulce gemela fue toda una monada de niña… era lo opuesto a mí?

En la juventud, con la máxima manifestación de “soy diferente” enlistándome en una escuela culinaria de incógnita, donde nadie supiera que era hija de una mujer con súper poderes en la cocina, como la Tita de “Como agua para chocolate”. Buscando mi propio estilo culinario y usando el cuchillo que me diese la gana para trocear el tomate, ¡resulta que existe uno específico, así es señora, hay uno para esta tarea!

En la adultez incipiente, luego de década y media con un drástico cambio de estatus civil y aprendiendo a vivir sin lo aprendido. Cambiando el hábito de dormir abrazada, el peso en el dedo anular izquierdo, la usual respuesta al “¿cómo está el fulano?” y tener que emitir u obviar la explicación del divorcio por milésima vez. ¡El no saltar con “me recuperé!” al refrescante comentario “cómo te ves de bien, te veo diferente”. Reinvención, evolución, aceptación.

Desde que le declaré la independencia al estereotipo de mujer latina: experimentando con mi cabellera con un mantra en el alma que reza “si no me gusta, crece” y entonces doy gracias a Dios por mi tupida melena.

Para reinventarse lo vital viene desde adentro: conectarse con su misma esencia, con la mismísima disposición divina al hacerme única e irrepetible. Viene del ADN de nuestra preciosa herencia de las valientes mujeres que nos precedieron. Cuando te escuchas hablando y aconsejando tal como tu mamá, te das cuenta de que el proceso de reinvención es tan solo una hipérbole para aterrizar en tus raíces de una manera mejorada.

El origen de la reinvención

Viene de comprender mi huella dactilar del alma, mi singular yo. Y a los 43 me doy cuenta de que este viaje ha sido tan solo para reencontrarme conmigo misma, aceptándome tal como soy, humana y mortal, pero especial. Agradecer el viaje hacia el núcleo y el proceso de reinvención cada día, disfrutarlo y compartirlo con quienes me aman tal cual soy. 

Verme al espejo y pensar, sin duda Dios me ama, sin merecerlo el Redentor conoce mi nombre. No necesito buscar más, soy aceptada y tengo un hogar.

Mariela Paiz

Mai Paiz Valiente, intensa y en proceso de redescubrimiento. Perfectamente imperfecta. En búsqueda de una vida con propósito, un día a la vez. Más cómoda que nunca en esta piel. Amante del café, de una buena carcajada y con la maleta lista para cualquier viaje.

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