El perdón no es olvidar ni aceptar la injusticia, es renunciar a mi derecho de venganza, es dejar ir a alguien que nos ha ofendido. Es un regalo que yo decido darme.

Me encanta la naturaleza, el aire puro, los ríos, lagos y la paz que traen.  Por lo mismo, a menudo comparo nuestras vidas con las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno.

Mi hijo Alex, con 23 años de edad, falleció de una manera violenta. Un domingo a medio día recibimos una llamada telefónica informándonos de su muerte.

Entré a un invierno que no se lo deseo a nadie. Frío intenso, hasta congelar lo más profundo de mi esencia. Negro, como la noche más oscura del alma y solitario, muy solitario. ¿Lágrimas? Muchas, muchísimas, jamás imaginé que se pudiera llorar tanto.

Pasé diferentes procesos, pero en esta ocasión quiero enfocarme en el perdón. ¿Perdonar a quién? A quien nos hizo daño, a la vida, a mí misma (se genera mucho sentimiento de culpa, falso o verdadero, pero culpa). A los «hubiera», que es una de las palabras más tóxicas que puede haber. Y, por último, y no menos importante, y que muchos lo pensamos y no nos atrevemos a decirlo, a Dios.

Mi mente finita no podía entender mucho de lo sucedido. Con el tiempo, encontré algunas respuestas…. y muchas otras, jamás. La decisión fue confiar en la soberanía de Dios y seguir adelante.

¿Que es el perdón?

Es renunciar a mi derecho de venganza.  Es soltar, es «dejar ir» a alguien que nos ha ofendido. Pero perdonar también es sanar, limpiar y liberar el corazón. O sea, es un regalo que yo sí puedo decidir darme. Es muy difícil y es un proceso que requiere tiempo.

Como familia decidimos perdonar desde el principio. Era demasiado dolor como para echarnos más peso encima. En nuestra capacidad humana no podíamos, pero Dios nos ayudó.

El perdón no es olvidar ni aceptar la injusticia. No es decir que no me duele o fingir que todo está bien. No es buscar vengarse, pero tampoco libera a otros de las consecuencias de sus acciones.

Con la muerte de Alex, muchos planes y sueños como familia murieron. Aprendimos a vivir, por supuesto de una manera diferente. Nuestras prioridades de vida son distintas y nuestro propósito también. Las heridas forjan nuestro carácter y nos hacen ser quienes somos. Nos recuerdan la gracia de Dios y Su bondad.

Si no nos acordáramos de nuestro dolor ¿cómo podríamos tener compasión por otros? A través de las heridas, aprendemos a llorar con los que lloran…. simplemente porque hemos estado allí.

¿En qué momento o etapa de tu vida estás ahora?¿Estás en un invierno frío y oscuro por falta de perdón? Te invito a que te tomes un tiempo a solas y examines tu corazón para poder ser libre, perdonar y poder vivir a plenitud.

“Cuida tu corazón más que otra cosa, porque él es la fuente de la vida.” Prov. 4:23. Y tú eres la responsable de hacerlo.

Porque pase lo que pase, la vida es bella y vale la pena vivirla.

Vilma Marroquín de Rodríguez

Hija de Dios, esposa, madre, empresaria. Cumpliendo su propósito y pasión de vida a través de Caminemos Juntos, una organización que acompaña a personas en proceso de duelo. Apasionada por conocer el corazón de las personas con vulnerabilidad y empatía.

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