El resentimiento nubló mi vista por un tiempo, pero el perdón me permitió abandonar la carga y caminar más liviana en todas las áreas de mi vida.

Perdonar nos suele parecer una tarea sobrenatural, casi divina. Para ser honesta, a mí me encanta hablar del tema, por que en mi vida el perdón ha sido un encuentro maravilloso que me ha permitido conocer y entender, desde una perspectiva más amplia, a aquellos que -por alguna razón- nos han provocado esa carga tan pesada que es el resentimiento. 

Mis papás se divorciaron cuando yo era muy pequeña, crecí sin mucho contacto con mi papá, almacené pocos recuerdos de él, pues nuestros encuentros eran casuales como aquellos que suceden entre desconocidos, por años guardé la esperanza que la imagen de super héroe se hiciera realidad. Sin embargo, con el tiempo, la madurez y esporádicas decepciones, comprendí que era una idea que yo había creado en mi cabeza y concluí que no era real.

El día que me convertí en mamá surgieron sentimientos que tenía arraigados en el alma. Me costó entender cómo una persona que experimenta un enamoramiento tan profundo que lo lleva a convertirse en padre, tiene la capacidad de olvidarlo por completo. Pensamientos de esa naturaleza llenaron una “mochila” que cada vez pesaba más, hasta que me impidieron avanzar en muchos aspectos de mi vida.

Un día, después de varios encuentros con la palabra que evitamos escuchar: perdón, tomé la decisión de dejar de buscar respuestas a preguntas que tal vez no iba a encontrar, decidí ser una mejor hija para mi papá, sin que esto estuviera condicionado a cómo él había sido conmigo. Qué importante es mencionar esto porque al final, todos podemos un día decidir hacer las cosas de manera diferente y acá comienza la mejor experiencia de amor que he vivido hasta el día de hoy.

Decidí empezar por celebrar a lo grande el cumpleaños de mi papá que estaba cerca (65 años). Para mi sorpresa fue la primera vez que escuché a mi papá pedirnos perdón a cada uno de sus hijos.

Al poco tiempo mi papá enfermó y tuve la oportunidad de llevarlo a vivir conmigo, ¡por primera vez vivía con él! Empecé a conocerle desde otra perspectiva, la de adultos, a tener conversaciones con él que nunca había tenido, cuando ya no buscaba respuestas, llegaron poco a poco. El día que dejé a mi papá en su casa, lloré como pocas veces en mi vida, a mi niña interna le costó mucho separarse de él, nuevamente.

El tiempo pasó y ya con una relación mucho más cercana, mi papá volvió a enfermar, lo acompañé ese día, estuve a su lado y le dí la mano cuando escuchamos lo que venía por delante: una sentencia de 90 días de vida. Fue en este momento en que realmente viví el perdón verdadero, cuando yo le pedí perdón a él. Parece increíble, pero el perdón es una experiencia llena de amor que se da completa cuando llega en ambas vías. 

Él murió 70 días después, justo cuando cumplía 67. Estuvo acompañado de los que le amamos siempre. Yo tuve dos años maravillosos con mi papá, descubrí que el amor con que lo vi desde niña siempre estuvo allí y que él también me amó siempre. El resentimiento nubló mi vista por un tiempo, pero el perdón me permitió verle de nuevo a los ojos y sobre todo, abandonar la carga y caminar más liviana en todas las áreas de mi vida.

Beatriz Vidal de García

Esposa y madre de dos niñas, que han sido mis grandes maestras. Apasionada por la vida, enamorada de Dios, activista provida y profamilia. Triatleta retirada, pero queriendo volver a probar una meta. Hija de dos maravillosas personas y nieta de la mejor abuela del mundo.

Beatriz Vidal de García – who has written posts on Ladrona de frases.


¿Te gustó? Compártelo en tus redes