Perdonar te puede liberar de esa visión tan pesimista del amor que le has transmitido a tus hijos, también te puede quitar el dolor de espalda, el insomnio o la jaqueca que te ha robado la paz.

Fuimos creadas para amar y para creer, para soñar y para confiar, para acompañar y ser acompañadas. En conjunto estas virtudes nos llenan de alegría y satisfacción, pero también nos hacen vulnerables y frágiles.

Que nuestro corazón se crea todo lo que nos susurran al oído, que nos aferremos al “para siempre”, que nos neguemos a olvidar al “BBF” y nos empeñemos a recordar el “nunca te voy a dejar sola”, nos deja corazones rotos, sueños heridos y la esperanza en el intensivo.

Frecuentemente nuestra vida nos lleva a dar pasos cerca del abismo, no solo por el amor de pareja, por las amigas, por la ausencia de la familia y por todo lo que la vida misma nos lanza.

De pronto, a los 24, a los 32 o a los 42 años nuestro corazón late con menos ímpetu y nuestra alma se alimenta de sentimientos y pensamientos agrios que nos van transformando en alguien que nunca quisimos ser. Mujeres calculadoras, tristes, desconfiadas, insensibles, solas, que se escudan en la prepotencia que esconde las heridas que hemos recibido.

Y más tarde que temprano llega el momento de lidiar con esos errores que cometemos y que cuesta reconocer en público, pero que han provocado lesiones en quienes nos importan. Lo que salió de nuestra boca iba bien afilado y el “sin querer queriendo” no borra el dolor que provocó. Nuestros errores los pagamos caro y también nos cargan.

Hablemos de perdón

Hay heridas que llegan sin ninguna justificación, como que alguien le quite la vida a tu hijo, alguien te viole, tu padre te abandone, tu madre te dé la espalda, tu compañera de oficina te envidie, tu esposo te engañe … La lista es grande, pero todas nos llevan al mismo lugar: enfrentar el perdón para otros y para nosotras mismas.

Corresponde enfrentarnos con aquello que nos tiene prisioneras, nos quita el sueño, nos llena de sed de venganza y nos tiene enfermas. Es hora de meternos en el corazón y el alma para descubrir de dónde viene esa visión tan pesimista del amor que le has transmitido a tus hijos, dónde nace ese concepto tan adverso de la amistad que te ha aislado; descubre el origen de maldecir en el tráfico y en el teléfono, o peor aún, enfrenta cómo inició esa pelea que tienes con Dios y la vida. Encuentra cómo te has llenado de ira, resentimiento y amargura.

Líbrate de dolores de espalda, úlceras, problemas arteriales, insomnio, dolores de cabeza, entre otros.

Nunca vas a amanecer con “ganas” de perdonar a quien te traicionó o te hizo daño físico y psicológico, pero lo otorgas porque es tiempo de salir de esa jaula a dónde te envió el rencor. Tampoco significa que se borra de tu mente ese amargo recuerdo, seguirá ahí, pero no te propiciará dolor. Es como la cicatriz de la cesárea, parte nuestro abdomen, pero no duele, simplemente sanó.

Por eso creo que Dios, quien nos diseñó, condiciona perdonarnos en la medida que nosotros lo hacemos. Creo que su intención es liberarnos, de lo contrario no volvemos a ser las mismas, aun cuando él nos perdone, sabe que su perdón se extiende cuando nosotras demostramos que estamos listas para dejar atrás ese dolor.

Si lo merece o no lo merece, no es nuestra competencia, es por ti, por tu liberad, por tu sanidad del alma. Enfrenta el dolor, llora, patalea y enójate, pero al final grita que lo perdonas.

¿Cómo sabrás que ya perdonaste de corazón? Hay que chillar ese perdón una y otra vez hasta que se rompa la jaula que llevas dentro. Hay una acción que se produce en el alma, sabrás distinguirla cuando profundices en ese sentimiento, créeme, yo pasé por esa negación y no fue hasta que dije: “los perdono por violar a …” Lo repetí 30 o 18 veces hasta que sentí que un candado se rompió dentro de mí. Viví atormentada por años por eso que vivió esa persona a la que amo profundamente y por quien me sentía responsable.

¡Inténtalo! no dejes que la falta de perdón transforme esa inocencia, alegría e ilusión con la que fuiste formada.

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre. Robadora de frases. En proceso de construcción. Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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