Aceptemos y enfrentemos la realidad, parte de la naturaleza humana provoca herir sin piedad, Jesús mismo lo vivió con sus más cercanos.

El proceso de perdón llega de diferentes maneras. Algunas personas lo viven con más frecuencia en la familia, pero sucede en todos lados donde hay mucho amor, por eso es un proceso  doloroso. 

A mí me llegó luego de un proceso de gran decepción. Una persona muy cerca a mi vida desató un proceso de difamación, rechazo y actos planificados para destruirme. En el camino logró encontrar aliados, porque quien está lastimado no puede actuar, solo busca la complicidad de otras personas que también tienen el corazón herido.

Durante un tiempo empecé a sentir los sentimientos más duros que jamás imaginé experimentar, todo para mí era abrumador, estaba llena de frustración, impotencia y resentimiento. Tenía una carga que no me abandonaba, especialmente porque no podía creer que personas que ocupaban un lugar relevante en mi vida pudieran hacer tanto daño.

Siempre me ha gustado leer, así que leí y releí todos los libros que pude, pensando que en alguno encontraría la estrategia para liberarme de ellos. En alguno aprendí que el perdón era una decisión y eso me hacía sentir peor porque muchas veces “decidí” perdonarlos, pero al día siguiente seguía sintiéndome exactamente igual. La Biblia enseña que si nosotros no perdonamos, entonces Dios no puede perdonarnos, eso me generaba carga, por que una y otra vez tomé la decisión de obedecer a Dios, pero no lo lograba.

¿Cómo perdoné?

Podría contarles mil historias más de cómo lo intenté, pero quiero enfocarme en cómo finalmente perdoné. No fue un día mágico en el que me desperté y lo había logrado, no fue así. Descubrí que la raíz de mi falta de perdón era el orgullo que generaba debilidad y eso me hacía sentir fragilidad, aumentando mi susceptibilidad a la hipersensibilidad, en otras palabras, comprendí que el problema no era totalmente con los que me habían lastimado, era la condición de mi corazón. 

Cuando lo acepté pude admitir la verdad de lo que sentía, esto hizo que mi pasado perdiera el poder que yo misma le estaba otorgando. Dios me habló por todas las formas posibles y me dijo “sé fuerte”, no tenía idea cómo armarme de fuerzas, pero empecé a tomar pasos de fe y a creer que sí podía, y Dios -porque solamente fue él-, empezó a empoderarme como nunca antes lo había hecho, recuperé mi confianza y seguridad, comprendí que esas ofensas eran parte de un propósito divino y era necesario que me levantara con autoridad y no con menosprecio, que tomara decisiones radicales en mi vida, incluso el distanciamiento necesario para ese tiempo de sanidad.

Si estás pasando por este proceso, mi consejo es que tomes la decisión de obedecer a Dios, pero no te frustres si no logras hacerlo en tu tiempo, solo ten la seguridad que Dios te ayudará a cambiar tus sentimientos oportunamente. Si es necesario, aléjate de quienes ya cumplieron su misión en tu vida. Aceptemos y enfrentemos la realidad, la naturaleza humana hace que las personas dañemos sin piedad, Jesús mismo lo vivió con sus más cercanos.

Cuando hayas sido restaurada ¡cuida esa puerta que fue cerrada para no volverla abrir jamás! Quizás no necesariamente tengas que volver a convivir con esa persona que te ha hecho daño, libérala no sintiendo nada en su contra.

Me falta mucho por crecer, puedo afirmar que después de este período ya soy la misma y con propiedad te puedo decir que ¡el perdón es un regalo de Dios!

Jamie Karina Moreno de Perussina

Esposa de un hombre maravilloso, Jorge. Mamá de Sebastián, Sofia y un perro llamado Hope. Apasionada por Jesús. 20 años de carreta en una multinacional, iniciando de asistente de dirección y ahora ocupo el puesto de Directora de Marketing. Amante de los libros con propósito y de cantar desafinado.

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