Dejemos que la menopausia nos quite la vergüenza, la pena y los complejos.

Llegó el tiempo de hablar de un tema que incomoda y hasta avergüenza. Sí, tenemos que ser honestas y admitir que nos da clavo pronunciar la palabra menopausia, quizás porque hemos escuchado mil veces los prejuicios masculinos que satanizan este proceso y termina enfrascándolo en sudores y mal humor.

La menopausia es el cese de la menstruación, puede ser como un huracán que arrasa con lo que encuentra a su paso y lo hace a la velocidad que quiere; básicamente altera nuestro sistema hormonal y por eso hay muchas generalidades, pero cada una la vive en diferente intensidad, pero es un hecho que tarde o temprano invade nuestra vida.

Yo empecé a tener cambios en mi período menstrual -otro tema incómodo- que me motivaron a ir al ginecólogo, él amablemente me dibujó un mapa muy amplio de la situación, su diagnóstico no fue muy específico así que regresé a la rutina sabiendo que esto podría ser uno de los tantos signos anticipados de la menopausia. Llevo un par de años y la regla sigue llegando, con algunas irregularidades, pero no ha cesado, así que puedo afirmar que la meno sigue merodeando.

Además de ese pequeño signo, atribuyo los calores al calentamiento global o al termostato que tengo alrededor del vientre, es decir esas lonjitas que siguen ahí a pesar del ejercicio y los intentos por separarme de los postres y las cosas dulces. Pero aquí entre nos, sé que vienen con el paquete y sí son incómodos, ponerse a sudar en plena reunión de trabajo y distraerte pensando ¿me eché suficiente desodorante? O perder minutos de sueño tratando de quitar las sábanas para finalmente sentirte fresca.

Utilizando la figura del huracán, pienso en las advertencias que hacen en las ciudades cuando se acerca uno, para minimizar el impacto las personas aseguran las ventanas o las puertas de sus hogares, hacen colas en el supermercado para tener las provisiones necesarias o se abastecen de combustible, con esa misma seriedad debemos tomar en cuenta las señales y advertencias porque al final es un proceso natural del cuerpo.

Hay que acudir a los especialistas en cada área: endocrinólogos, nutricionistas y ginecólogos, ellos pueden aportar mucho para que el proceso no interrumpa nuestra vida. No soy fatalista, pero sé de casos de conocidas que “loquearon” en este período, se quedaron sin amistades y sin familia tratando de recuperar el tiempo perdido. Observen cuántas parejas tienen dificultades en esta etapa, él de cinco décadas queriendo lucir joven para una de veinte, sabiendo que en su casa tiene una de cuarenta y pico con sequedad vaginal, aumento de peso y metabolismo cada vez más lento ¡Claro que no lo justifico! Pero quizás se pueda alterar la historia si ella sabiamente busca ayuda y se atreva a hablar de la situación con ese hombre que también la necesita.

Para mí, lo mejor de esta etapa es usarla de excusa para lo bueno: para perder la pena, la vergüenza y los complejos. La pena de quedar bien con la gente, pues sus críticas son perennes, la vergüenza de sentirme libre para hacer lo que necesito en el momento oportuno y los complejos que limitan mi espíritu.

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre. Robadora de frases. En proceso de construcción. Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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