La falta de perdón te hace vivir en cárceles que tú construyes para abrazar los recuerdos e historias que te lastimaron y te hacen sufrir.

Mi vida ha sido muy especial. Aprendí a sobrevivir en medio de la adversidad. Varios sucesos dejaron una marca en mi corazón y hubo expectativas no cubiertas de personas que debían amarme y defenderme.

Naturalmente crecí con heridas que sangraban y me dolían, hubo un tiempo en el que busqué a alguien que me pagara las cuentas pendientes. Me sentía herida, sola y abandonada. Mordía a otros, envenenaba y odiaba con muchas fuerzas, pensé que iba a ganar la guerra cuando les diera una lección a estas personas, incluso consideré la posibilidad de quitarme la vida, porque cuando estás llena de dolor piensas que golpeando a otros tendrás tu justicia.

El día que decidí perdonar, lo hice porque entendí que todo el mundo seguía igual y yo no. Acepté que vivía en una prisión pagándole a un carcelero que disfrutaba quitarme la paz, robándome poco a poco las ganas de vivir y era capaz de convertir el mejor día en una pesadilla. 

A veces vivimos en cárceles que nosotras construimos, abrazando recuerdos e historias que nos lastimaron y nos hacen sufrir. Lo sorprendente es que estos espacios tienen las puertas abiertas y voluntariamente podríamos salir de ellas, pero la costumbre de acariciar la herida nos detiene.

Descubrí que la sanidad y la libertad estaba al alcance de una decisión. Dar el paso para salir de esa jaula no fue fácil, tuve que pedir ayuda un experto. Recuerdo que esa noche me quedé dormida, llorando y repitiendo “perdono, perdono, perdono…..”. Y soñé con un hombre con la cabeza engusanada que de repente era restaurada y escuché una voz que dijo “esa cabeza es la tuya, llena de gusanos que te comen los pensamientos y hoy quedas libre”.

Mi ayudante en la tarea de perdonar ha sido Dios, en mi naturaleza no existía el perdón, pero él es experto, me enseñó a pasar por alto las ofensas, a no tomarme todo en serio y aprendí a correr a sus pies cada vez que alguien o algo me hiere, después repito la palabra poderosa: perdono.

Aprendí que mientras más busco hacer justicia, más me alejo de amar, porque cuando uno busca amar, el perdón es una herramienta que hace florecer el amor. No siempre recibirá la justicia que deseo, puede ser que no me salga con la mía, sino que me salga con una historia mejor, la historia de Dios que siempre paga bien a los que tienen un corazón dispuesto a amar.

Por experiencia sé tengo que perder para ganar. Pierdo mi orgullo y gano libertad; pierdo la vergüenza, gano la victoria; pierdo la excusa, me enfrento a mi realidad; pierdo la mentira, gano la verdad.   

El perdón te forma, tanto cuando lo otorgas, como cuando lo pides. Las dos acciones son valientes y llenas de poder transformador. Cuando otorgas el perdón, estás liberando una deuda, algo que te hirió y que decides pasar por alto, una muestra de tu capacidad para mantener tu paz y salud. Cuando pides el perdón, reconoces que has lastimado, que has hecho un daño y tu humildad se manifiesta, quien enfrenta a la verdad recibe su pago.

Algunas veces nadie vendrá a pedirte perdón y no debes esperar a que tu corazón se endurezca, mejor actúa. Recuerda que tú también has ofendido, que hiciste daño, que por tus acciones alguien se alejó, que alguien más experimenta ese dolor que tú sientes, aunque tengas deseos de justificarte, asume tu parte.

Dicen que el que nada debe, nada teme, quisiera utilizar esta frase para este tema, si no has tenido temor de pedir perdón, no deberías de temer para perdonar. Cuando nuestro corazón ha logrado la humildad de reconocer nuestros errores, tendremos el corazón ensanchado para dar cabida a la misericordia. ¿Qué tal si lo intentas salir de la cárcel?

Alejandra Beckley de Putzu

Esposa realizada, mamá de Gianmarco, Ana Grazia y Alegría. Fiel y apasionada seguidora de Jesús, Su gloria está en mi historia.

Alejandra Beckley de Putzu – who has written posts on Ladrona de frases.


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