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Cada síntoma de la depresión y la ansiedad superan el coeficiente intelectual, los títulos académicos, los éxitos y propósitos de quienes han sido invadidas por estas alteraciones.

Hablar de depresión y ansiedad estas semanas ha sido una oportunidad de poner en perspectiva una realidad que está oculta y que crece en silencio en la vida mujeres que nos rodean.

Admito que leer las historias de las columnistas, los comentarios de quienes se han identificado con ellas y también de quienes han agradecido que se aborde esta temática me han despertado sensaciones encontradas. Por un lado, siento la alegría que la Ladrona de Frases sea una voz para crear conciencia, -uno de los pilares que le han dado vida-, por otro tengo que admitir que me ha llenado de frustración e impotencia de no poder ayudar de manera concreta a quienes sufren estas enfermedades. De hecho, alguien comentó que hablar del problema no lo resuelve y soy consciente que recopilar las historias no modifica las estadísticas alarmantes que ya existen de estas alteraciones de la salud mental.

Agradezco la confianza a quienes se atrevieron a revelar que son víctimas de estos padecimientos. Ahora sé que algunas amigas y conocidas están viviendo a la sombra de la ansiedad y de la depresión y la están pasando mal. Algunas puntualmente reconocen que la parte más difícil son los estereotipos sociales que las obligan a guardar silencio y vivir su proceso en la oscuridad. Así que buscar ayuda resulta algo complejo, no es algo tan sencillo como se aprecia desde afuera.

Por el amor a mis amigas y a esas personas que tuvieron la valentía de abrirle su vida a una extraña ladrona y exponer sin tapujos sus síntomas, me siento en la necesidad de pedirte que me ayudes a marcar la diferencia y seamos promotoras de conversaciones que eliminen términos peyorativos para referirnos a personas que manifiesten algunos de estos síntomas. Podemos construir empatía dentro del seno familiar, en el círculo de las amistades o en el trabajo, cortemos prejuicios como “esa chava está loca”, “pobre, vive llena de miedo”, “exagera su tristeza”, “vive deprimida”, “necesita ir a psiquiatra”, “controla tu tristeza”, “eso es mental, no dejes que te supere”…

Estas pequeñas frases condenan mucho más de lo que imaginamos. Por favor, la próxima vez que alguien acuda al psiquiatra o al psicólogo muérdete la lengua y sujeta tus pensamientos para no se remitan a recrear una historia equivocada de lo que esta persona puede estar viviendo, te aseguro que esto escapa a su coeficiente intelectual, supera sus títulos académicos, sus éxitos y sus carcajadas…

De la misma manera que compartimos una pastilla para la migraña, para el cólico o para el resfriado; como nos sensibilizamos ante quien recibe la noticia de un cáncer o sufre un ataque cardíaco; tal como nos contristamos ante la noticia de un accidente que llega en cualquier momento debemos entender que las alteraciones de la salud mental llegan sin previo aviso. Preparemos desde hoy el camino para que un día alguien cercano encuentre la actitud correcta para desahogarse y/o nosotras mismas nos sintamos acogidas en este proceso de transformaciones silenciosas. Tratar a otros como nos gustaría que nos traten sigue siendo un principio universal que puede cambiar nuestro entorno y deposita una semilla de esperanza capaz de salvarle la vida a una amiga, una hermana, una sobrina o a tu propia hija.

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre. Robadora de frases. En proceso de construcción. Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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