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¿Cómo una chavita de 18 años podía estar tan ansiosa y deprimida si apenas empezaba a vivir la vida?

Un día en el colegio, cuando apenas cursaba primero básico, mis padres tuvieron que ir por mí porque sentía que no me llegaba el aire y que no podía respirar. Nunca antes me había pasado algo así y esa sensación llegó a desesperarme rápido, lo que me causó más dificultad para respirar. Luego de algunos exámenes, el neumólogo determinó que estaba sana y que podía tratarse de algo emocional.

Con el paso del tiempo y tras algunos fuertes episodios similares comencé a recibir tratamiento psiquiátrico. “¡Tan pequeña y tomando tanta medicina!” me dijeron algunas personas que conocían mi proceso. ¿Cómo una chavita de 18 años podía estar tan ansiosa y deprimida si apenas empezaba a vivir la vida? Efectivamente, llegué a tomar hasta doble dosis de antidepresivos, gotas para dormir y para cuando tuviera “crisis”.

En mi primera sesión con el psiquiatra realicé algunas evaluaciones para determinar mi nivel de ansiedad y depresión, las preguntas eran fuertes y algunas de mis respuestas un poco alarmantes. Hasta en ese momento entendí que lo que estaba viviendo – y sigo viviendo – no era una tristeza pasajera, que la ansiedad y la depresión son dos enfermedades mentales reales y que antes de caer en algo más delicado, necesitaba ayuda.

Quizá te estés preguntando qué fue eso tan difícil o doloroso que viví para sentirme así a tan corta edad. Hasta para mí fue difícil entender el por qué, ya que gracias a Dios no había sufrido ningún evento traumático como la muerte de un ser querido o un abuso físico o sexual, que son las causas frecuentes que desencadenan la ansiedad o depresión en la vida de las personas. Déjame decirte que estas enfermedades también tienen su raíz en otras causas, en mi caso, germinaron por una combinación de factores genéticos y biológicos, pues mi mamá también las padece con una mayor intensidad debido a factores ambientales.

Comprenderás que es abrumador estar en tratamientos de esta naturaleza, así que un día decidí dejar las medicinas y la terapia -quizás no fue una decisión tan certera- y las sustituí por una tratamiento espiritual. Acudí a una profeta, quien me ayudó a sanar mi corazón que necesitaba perdonar. Al soltar varias situaciones y personas que solo me estaban amargando sentí que los pasitos que di con la terapia y medicinas se volvieron pasotes. Con esto no quiero decir que ir al psicólogo o psiquiatra no funcione, ¡claro que funciona! Y es muy necesario, me refiero a que yo necesitaba renovar mi corazón y fortalecer mi relación con el Señor – de quien me había alejado – para, poco a poco, ir saliendo de esa ansiedad y depresión que en aquella época me atacaba de manera frecuente.

Mis cicatrices

Es un hecho que una persona con estas enfermedades recurre a muchos recursos para hacerse daño físico. En mi caso, aproximadamente desde los 15 años comencé a puyarme alrededor de los ojos con las puntas del cabello, lo hacía hasta sacarme sangre ¡créanme que el cabello sí tiene filo! Claro que me daba vergüenza cuando me preguntaban qué me había pasado y normalmente respondía con alguna mentira, eran pocas personas las que sabían a ciencia cierta el origen de esas marcas. Muchas veces tenía que cubrirlas porque se veían horribles.

Dejé de hacerlo en mis ojos, pero comencé a dañarme los dedos pulgares con el resto de mis dedos. Todo esto lo hacía a escondidas porque mis padres o hermanos siempre me decían “el pelo” o me jalaban las manos.

De este proceso tengo cinco cicatrices visibles que obviamente quisiera no tener, pero me dan fuerzas para seguir adelante, hoy son un recordatorio de que la ansiedad y la depresión no deben vencerme.

Por experiencia te puedo decir que si padeces de ansiedad o depresión es importante que lo aceptes, que reconozcas las situaciones y factores que las aumentan para evitarlas lo más que puedas y que busques ayuda.

El tránsito vehicular, las mentiras y el estrés me provocan crisis de pánico, de ansiedad y me hacen sentir que no puedo respirar, pero con honestidad te digo que he aprendido que para salir de esto es necesario estar cerca de Dios, quien es la salvación de nuestro ser (Salmos 42:11). Yo sigo en el intento, en la lucha y poco a poco he recobrado mi felicidad, tranquilidad y mis ganas de vivir gracias a esa fuerza que Dios me da. ¡Aunque a veces sientas que no puedes salir, recuerda que habemos muchas mujeres ganando batallas diariamente, no te desanimes!

María Fernanda Roca

Comunicadora y periodista de profesión. Apasionada, creativa y soñadora. Amante de los libros, las series, un buen café y de las sonrisas genuinas. Canto desde que aprendí a hablar y escribo desde que descubrí la paz que produce. En proceso de aprendizaje y en la búsqueda de cumplir el propósito de Dios en mi vida.

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