
No todas las relaciones tóxicas son necesariamente agresivas, es decir no tiene que gritarte o golpearte para que puedas estar en riesgo.
Una pregunta constante que encuentro en mis pacientes es ¿por qué no puedo dejar a mi pareja?
No todos los amores que son tóxicos son necesariamente agresivos en las formas clásicas. No tiene que gritarte o golpearte para que puedas estar en riesgo y de ahí la importancia de profundizar sobre lo que puede estar escondido en la superficie.
Se ha estudiado que los efectos del amor, sobretodo el amor de reciente inicio, producen los mismos efectos en el cerebro que el consumo de drogas. De allí que te puedas sentir feliz y ansioso al mismo tiempo. Y como con cualquier droga, el amor puede llegar a ser adictivo.
Pero hay que tener en cuenta que no solo caemos en riesgo cuando hablamos de nuestras parejas, sino que las relaciones entre padres e hijos también están sujetos al mismo riesgo. Pero, ¿por qué no podemos alejarnos? La respuesta está en nuestro cerebro.
El centro del placer está localizado en el sistema límbico. Este es el centro de respuesta para las emociones y controla la liberación de la sustancia responsable del placer, la hormona dopamina. Ella es la responsable de que nos sintamos bien, incluso eufóricos… incluso enamorados. Y claro, muchas sustancias pueden producir una liberación súbita de esta sustancia.
Al verse sobrecargado con dopamina, el cerebro busca el balance. ¿Cómo lo hace? Cerrando esta producción hormonal dando como resultado un “bajón” posterior. Con el tiempo, el riesgo es que el cerebro llega a perder su habilidad para producir la sustancia por sí solo, haciéndose adicto a la sustancia.
¿Pero qué hay del amor? Las adicciones del comportamiento pueden crear condiciones donde se produce la dopamina. Esto puede pasar con actividades como apostar o comprar. Este placer no ocurre del acto en sí, sino de la “expectativa” que produce el realizar el acto.
Si eres una persona dependiente, tienes una definición de lo que te hace feliz en una relación. Esta definición puede liberar la dopamina en tu sistema límbico. Haciéndote adicto a tu propia química y a la química de ese amor en tu vida del que no puedes escapar.
Como con el placer, también tenemos la habilidad de ver qué nos causa malestar. Esto nos lo dan las experiencias personales o de alguien cercano. De la misma manera, hasta imaginarte esta situación puede causar malestar.
En las relaciones de dependencia el riesgo es que las “subidas” y “bajadas” normales se vuelven como pendientes artificiales. Si el cerebro ha compensado al suprimir la producción de dopamina, la combinación de menos sentimientos de felicidad y “malos ratos” pueden llevar a depresión, ansiedad e irritabilidad. En estas relaciones la estabilidad de la relación, en busca de mantener este flujo hormonal, se vuelve prioridad debido a las características de dependencia. La persona dependiente espera situaciones que son imposibles de mantener, lo que inevitablemente llevará a que falle la relación.
La ventaja es que a pesar de que puede entrar en tu mente la idea de que no puedes cambiar, el cerebro puede ser entrenado. Y esto se logra al darte cuenta de que no eres dependiente de la química de tu cerebro.
Así como con otros tipos de dependencia, el camino es largo. Pero cualquier viaje empieza con un paso, un paso a la vez y siempre avanzando. Te diría que lo más importante es darte cuenta de que no quieres esa relación y luego buscar apoyo profesional, de amigos y familiares que quieren ver tu bienestar. Anímate a ser feliz y libre, como mereces ser.
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