Ese periodo previo me llevó a comparaciones, a contar mis arrugas, mis estrías y contabilizar las cicatrices en el corazón.

Seis meses previos a cumplir los 40, me vi varias veces al espejo y tuve una conversación formal y profunda con la persona que se reflejaba en él. Me cuestioné con preguntas como ¿qué no has logrado hacer?, ¿qué querías hacer y no has hecho? Me objeté cada arruga, cada estría, cada mancha en la cara, en el cuerpo y cada cicatriz en el corazón.

Me comparé varias veces con personas más jóvenes, bueno, la verdad es que lo hice con mujeres más bonitas y por lo tanto salí perdiendo y con ese sentimiento de derrota buscaba consuelo en las historias de vida de mis amigas con peores condiciones que las mías.

El tiempo pasó y el reencuentro fue inevitable; el miedo me saludó y mi respuesta fue el silencio, quedé paralizada y no supe qué decir… Esa misma sensación fue permanente en mi adolescencia. Sí, crecí con el miedo al rechazo, a envejecer y a estar más cerca de la muerte. 

¡Y se llegó el día! A lo largo de las horas cerré los ojos varias veces esperando que pasará algo, que el miedo se presentará y me hiciera sentir peor, pero en lugar de eso me sentí celebrada, rodeada de tanto cariño, llamadas y abrazos; si fueron o no sinceros, eso no me importó; lo que sumó a mi corazón fueron los detalles de personas que me hicieron sentir única y especial. Día superado pensé, sin embargo mi reflejo ante el espejo era cada vez menos frecuente, creo que evitaba el cuestionamiento.

Una semana después de mi cupleaños 40, luego de terminar lo pendiente en casa vi a mis hijos dormir y tuve un momento, ese que suelen llamar “de lucidez” y algo dentro de mí habló y me hizo ver que a pesar de mis miedos e inseguridades, mis hijos me aman por lo que soy, me observan y quieren seguir mis pasos, sin importar las libras extras o las arrugas. Ven mis cicatrices y piensan que soy una super woman, ellos pueden reconocer a la guerrera que nunca he podido ver yo.

Así, sin planearlo me encontré nuevamente frente al espejo hablando conmigo, pero en esta ocasión pude verme como una mujer que sigue de pie, que ha tenido experiencias maravillosas, que se ha enamorado y ha amado, que se ha sentido amada y también despreciada y que a pesar de todo ha seguido firme, que en más de una ocasión ha llorado de tristeza, pero en más ocasiones ha llorado de felicidad absoluta, y vi a esa mujer frente al espejo como una mujer hermosa llena de cualidades y expectativas, que aun confía y cree en el amor, en las personas y en la amistad.

Luego de este proceso de renovación supe que dentro de este cuerpo existe el alma de una mujer que guarda la esperanza y la fe de encontrar el camino correcto, que puedo tropezar y levantarme cuantas veces sea necesario para llegar al éxito y que en el momento de estar perdida, sé que habrán personas que me harán regresar a mi “hogar”. Después de recorrer mi historia y mis logros, salí a recibir al miedo con la cabeza en alto y él salió huyendo. Sonreí y me dispuse a vivir de una manera consciente y real, sin limitar mis sentimientos o emociones.

Karin Marroquín de Lucero

Mujer de 40 años llena de dones y características que me hacen ser una persona segura, confiada y libre, llena de ganas de vivir y amar intensamente. Casada hace 13 años. Madre de Emma, de 2 años y Santiago, de 10.

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