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Si recorremos la ruta de nuestras emociones, descubrimos cuánta resistencia ponemos, no solo a nuevas circunstancias, sino a aceptar nuestra condición de seres vulnerables. Paradójicamente, la misma fragilidad impulsa a buscar fortaleza.

Son las 6:30 p.m, es un sábado de lluvia. Ana Rosa de Méndez, anfitriona y maestra, abre la sesión. Poco a poco, aparecen los participantes en pantalla, pequeñas ventanas construyen un mosaico de cocinas, cada una distinta, todas, imagen virtual de un hogar. Cuadrito tras cuadrito, parejas o familias en distintas versiones, estamos listas para empezar nuestra aventura culinaria a distancia. El menú es pura tentación. 

Cuando supe de Co+Ce, (Cocinar y Cenar) imaginé una clase tipo Food Network. Sin embargo, la experiencia es mucho más, en todo sentido.  

Ver a Ana Rosa y Saúl con sus hijos, todos ataviados con delantales, prestos a realizar lo propio de un trabajo orquestado en equipo; disfrutar de la cuidadosa disposición del espacio con ingredientes, utensilios y accesorios, reitera la dedicación que habita el alma de su proyecto. Reitera es el término adecuado porque el quehacer de ella, que no es poco, empezó la semana previa cuando estuvo compartiendo menús, ingredientes y consejos para que esta noche de cocina a distancia sea exitosa.

Sin embargo, esta historia empieza antes. No sé precisar exactamente cuándo, los meses de pandemia han sido una vorágine. Sus consecuencias colocan a flor de piel la vulnerabilidad que constriñe la condición humana. Hemos tomado decisiones difíciles en el trabajo, cambios que inevitablemente afectarán la vida de personas y familias. Tanto ha sucedido. Hace unos días, una amiga querida lloraba a su padre fallecido por causa del Covid, un médico que se contagió ejerciendo su vocación. A pesar de que no era la primera persona cercana azotada por la tragedia, la noticia fue devastadora. Puso a prueba mi equilibrio, tanta muerte es símbolo de que enfrentamos algo mucho más grande que nosotros. Ver este tipo de sufrimiento implica sentirlo, es imposible evitarlo. La incapacidad de acompañarnos en el duelo coloca otra capa de dolor.

Las nuevas condiciones en que debemos convivir y trabajar han puesto al desnudo cuan frágiles somos ante el cambio, la incertidumbre y la ausencia. Extrañar se vuelve visceral. Si recorremos la ruta de nuestras emociones, descubrimos cuánta resistencia ponemos, no solo a nuevas circunstancias, sino a aceptar nuestra condición de seres vulnerables, nos cuesta fluir. La frustración es enorme, el miedo a lo desconocido también. Somos frágiles y, paradójicamente, la misma fragilidad impulsa a buscar fortaleza. Instinto de supervivencia, supongo.

Esta mañana, preparando ingredientes para la tarde, recibí malas noticias. El padre de otra amiga acaba de morir, también por Covid. Lloré mucho. No llora una por un deceso en particular, lloramos porque lo que sucede rompe a la humanidad. 

Retomo los preparativos. Será terapéutico, pienso. ¿Instinto de supervivencia?

Desde la pantalla, una mujer sonriente saluda, su familia la acompaña. Ellos pican, rebanan, cocinan, mientras ella explica a detalle. Se multiplica para preparar las viandas y al mismo tiempo enseñarnos cómo. Es emotivo interactuar, se siente la conexión, una inesperada cercanía. Hablamos animadamente, preguntamos al mismo tiempo o jugamos al cine mudo porque apagamos micrófonos y olvidamos encenderlos, hay diversión. Encontramos buenos amigos. No teníamos idea de que participarían, feliz coincidencia.  

La noche de cocina en común me enseña otros sabores. En tiempos difíciles, la vulnerabilidad trabaja en dos vías. Abre heridas y al mismo tiempo engrandece sentimientos que reconfortan. Es un despertar. En esta cocina virtual convergen versiones variopintas de fragilidad. Cada quien busca respuestas a su manera, es naturaleza humana. Pero esta noche ofrece una pausa. Aquí estamos, celebrando el experimento de tocarnos a través de los mismos sabores.

Para la familia Méndez, el propósito de la actividad es más profundo que facilitar un ritual culinario. En este paréntesis mundial, Co+Ce ofrece una oportunidad para rescatar la tradición de compartir en familia la cocina tanto como la mesa. 

Para sortear su propia búsqueda, Ana Rosa diseñó esta experiencia. No sabe el regalo que brinda. Y claro, en condiciones vulnerables, el sentido de gratitud se expande, el mío es inmenso.

Nicté Serra de Piñol

Desde pequeña soy lectora empedernida. Escribí mi primer poema a los 9 y desde entonces no he dejado de escribir, cuentos, poemas, ensayos, lo que la vida inspire y demande. Ser editora del periódico estudiantil, “La Estrella” (Colegio Monte María) abrió para siempre la puerta a mi pasión por el arte de la palabra. Divido los días entre mi profesión como directora de finanzas en un grupo empresarial, mi familia y la escritura. Por supuesto, la lectura nunca falta. He colaborado en distintas publicaciones impresas y digitales. Actualmente soy bloguera del medio digital Relato.gt y reseño libros para Sophos, La Revista, de forma permanente. En el 2018 escribí una serie de artículos para Look Magazine y fui colaboradora editorial del libro Entre Chapinas. Moriré escribiendo y leyendo. No conozco otra forma de caminar la vida.

Nicté Serra de Piñol – who has written posts on Ladrona de frases.


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