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Los libros son hijos. Son pedacitos del alma de un escritor”.

El proceso de germinación, creación y confabulación, que requiere para llevarlos a buen término y poder contemplarlos entre las manos, es un proceso que marca los ritmos del alma y poseen la frecuencia de muchos suspiros. Tener un libro entre manos es la promesa de un viaje, a un universo que el autor quiso construir para nosotros.

Libros hay de todas las especies, están aquellos de Anatomía o Física, que intentan explicar el universo y sus reglas. Los de Álgebra que podrían considerarse fríos, pero logran ensanchar nuestra mente y así, ver la vida desde otros enfoques.

Están los libros prestados, que nunca devolvimos. Otros que siempre hemos buscado y no encontramos. Algunos, a los que les relatamos otros finales y aquellos que, al finalizar de leer, recomendamos. También están los de historia que conservan la semilla de lo que somos. Y los inolvidables, porque dejaron una huella imborrable, porque nos regalaron alas y nunca más volvimos a ser iguales. Están los libros electrónicos. Su portabilidad les vuelve una estrella para quienes no queremos volumen adicional en nuestras mesitas de noche. Entramos en el dilema de qué es mejor, si el libro con olor a nuevo o el frío libro digital. Lo interesante es que todos cumplen un propósito. La forma no es importante, el alcance, sí.

Alguna vez me dijeron que un libro maltratado debía ser interesante. Ya sabes, aquel que está doblado, manchado, subrayado o con notas, debió cautivar a muchas personas. Un equivalente a muchos “likes”. La indiferencia hacia un libro vendría a ser una especie de maldición. Así que, mientras más “feíto” el libro, más interesante su contenido.

Es exquisito encontrar aquel libro que logra atraparnos entre sus páginas. Perderse en ese universo de letras y pueda servir como un espejo de nuestras propias emociones, incluso, las que negamos. Algunas veces, me he encontrado conmovida hasta las lágrimas con versos que quizá no tenían sentido racional, pero de alguna manera llegaron a las fibras más profundas de mi alma. Con esa sensación entre las manos de haberme encontrado y perdido a la vez. Un contacto de almas. Ese es el éxito del autor, transmitir su alma. Y eso, es un arte.

Para hallar esa sensación no queda más que leer y leer; y mientras se expande la conciencia, encontrarse a sí mismo. Dale el título de Mi libro favorito a aquel, que te regale el sentido de pertenencia mutua. Lo dijo Hermann Hesse: “Ninguno de los libros de este mundo te aportará felicidad, pero secretamente te devuelven a ti mismo. Allí está todo lo que necesitas. Sol, luna y estrellas, pues la luz que reclamas habita en tu interior. Ese saber, que tanto buscaste, resplandece desde todas las lágrimas, puesto que ese libro es tuyo ahora” [Libros, 1918].

¡Libros! ¡Vaya que nos hacen felices!

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Beatriz Sánchez – who has written posts on Ladrona de frases.


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