
Despegaba nuestro avión y mi segundo hijo, de apenas cuatro años, se asoma a la ventanilla y con un tono de tristeza decía: me voy de mi tierra Guatemala y no sé cuando volveré”. En ese instante me hice la fuerte, me tragué el dolor de dejar a mi padre, mi vida y mis sueños. No es fácil renunciar a tus sueños para perseguir los de tus hijos, brindarles un nuevo horizonte y oportunidades infinitas. ¡Aunque el camino no ha sido fácil, ha valido pena!
La nostalgia por lo quedó allá se intensifica cuando se acercan las fiestas de fin de año y vienen memorias de lo que se vivía en esas cenas de navidad con los abuelos, la espera de la media noche y el descubrimiento de lo que nuestros padres -con mucho esfuerzo- nos regalaban, los cohetes nunca me gustaron, nunca me atrajo el peligro que representaban; pero no puedo negar que el olor de la pólvora lograba envolverme con su magia.
Tengo la fortuna de residir en un estado en donde puedo conseguir de todo para cocinar y hasta cohetillos podemos quemar. Así que disfruto recreando la navidad como las de Guatemala, comemos tamales, ponche, etc. Lo insustituible son las personas; pero cada año tenemos la dicha de compartir no solo con familia, sino con amigos que se vuelven familia, con paisanos que están solos. Es un deleite disfrutar de nuestra herencia cultural juntos; pero en esa metamorfosis que experimentamos está presente la riqueza cultural de este país.
En una ocasión fui sorprendida con las inesperadas visitas de varios vecinos a los que no conocía, llegaron a compartir con nosotros pequeños detalles. Con ellos pude comprender el verdadero significado de la navidad, que es más feliz el que da; que el que recibe, así que ahora sigo su ejemplo. Ya no espero con ansias destapar mis regalos; sino regalar cosas que son más especiales, como la “compañía”, visito a una señora americana que acaba de perder a su esposo y a su hermana, pasar una hora platicando cosas triviales le recuerdan que no está sola, especialmente en Navidad. También visito a una familia samoana, que ha sufrido por el cáncer de su único varón y ahora también con la pérdida del trabajo del padre. Genuinamente busco una necesidad para llevar un rayito de luz, esperanza y fe.
Me encantaría cambiar muchas vidas, pero no está en mis manos, por eso aprovecho la navidad para dar sin importar raza, color o condición, pienso que no hay un regalo más valioso que un “gracias” que nace desde lo más profundo del corazón y no hay mayor bendición que suplir en tiempos de necesidad.
La navidad no es solo lo que hemos vivido, no es solo una fiesta, no es solo una tradición, es una oportunidad para dar y compartir un poquito de lo mucho que Dios nos da.
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