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En El Salvador, el 15 de junio terminaron noventa y cinco días de encierro.

Al principio dejamos de salir por elección; después por obligación, sin saber absolutamente nada de cómo vivir y sobrevivir algo así. Tampoco sabíamos nada sobre todo lo que se abriría con el encierro.

En mi casa comenzó por las cortinas y las ventanas. Si íbamos a estar encerrados, que fuera en el lugar más abierto e iluminado posible. Después abrí el piano. Habían pasado meses desde la última vez. Me dejaron de importar mis dedos oxidados, las piezas a medias y que los vecinos me juzgaran.

Se abrieron nuevas comunicaciones. Empecé a hablar con gente que usualmente no lo hacía, pero que, igual de confundidos y flotantes en el tiempo que yo, necesitaban alguna conversación diferente para irla pasando. Con mi papá, platicando todas las noches volvimos a hacernos amigos y a escucharnos transparentemente.

El día de la madre abrí mis cajas de recuerdos y encontré cartas, fotos y cosas que pude ver con otros ojos. Me reí, lloré, añoré y agradecí por tanta experiencia increíble en mi vida. A medida que los días pasaban y las noticias se ponían más negras, las opiniones dividían y los ánimos eran más frágiles, se abrieron mis ojos y pude ver quiénes se irían quedando conmigo: los que me animaban, los positivos, los propositivos, los que querían sacar algo bueno de lo malo y salir diferentes de la pandemia; los que estaban dispuestos a ir para dentro y estar listos para la esperada «nueva normalidad».

Mi creatividad, antes aplastada por las fechas de entrega y la vida diaria, se abrió como nunca antes. ¡Creé como quise y lo que quise! Se me fueron los días pensando cómo hacer magia de lo que tenía en las manos: poniendo la mesa linda en cada comida, probando platos diferentes, cultivando el jardín, escribiendo o inventando nuevas tradiciones adecuadas para el encierro. ¡Hasta mis sueños se pusieron impresionantemente vívidos!

Abrí mi mente a las posibilidades… ¿Qué tal si dejaba mi carrera de diseñadora y tomaba un nuevo camino? No había terminado de pensarlo cuando todo se alineó, ¡y me lancé! Se fueron abriendo puertas sin yo buscarlas, ¡y ahora estoy haciendo algo que nunca pensé hacer!  Me replanteé. Entonces abrí mi corazón a las posibilidades.

¡Qué increíbles las cosas que pasan cuando los «no se puede» o los «es una locura» se convierten en «veamos qué pasa, puede que salga bien»! También se abrieron las conversaciones difíciles, los dolores, las verdades feas y las heridas, para terminar de sanar.

En las últimas semanas llegó una tormenta devastadora que abrió de golpe mis puertas del miedo. Lo abracé y lo sentí profundamente hasta que se fue. Esa tormenta también abrió los corazones de la comunidad y todos ayudamos.

Cuando por fin llegó el día 95, el de salir, se me hizo raro dejar mi espacio de crecimiento. Cada hora de esos días, tan intensa y profundamente vividas, me dejó aprendizajes que no quiero olvidar a medida que empezamos a vivir de nuevo.

¡Cuánto le tememos a las catástrofes! Ya sea una pandemia, una tormenta, un encierro, los divorcios, los cambios o las cosas que no salen bien; el dolor, la pérdida, la incertidumbre o una realidad que no nos imaginamos vivir, estas situaciones «desagradables» sólo son catalizadores de cambio si nos decidimos a aprovecharlas. No en vano las pasamos, ¡y no deben ser en vano!

Cuando tenemos la oportunidad de sobrevivirlas y retomar la vida, enfrentar una nueva normalidad –ya sea personal o colectiva– sólo podemos intentar ser mejores y apostarle a la vida con pasión, dedicación, esperanza y valentía.

Raquel Marón

Soy curiosa, imaginativa y transparente, mamá de un adolescente, hija, hermana, amiga, diseñadora gráfica, cocinera accidental y otras tantas cosas que nunca me dejan estar aburrida. Veo para atrás y no hay nada «normal» acerca de mi vida, pero no elegiría otra porque voy coleccionando un montón de historias que contar. Mi mente siempre está despierta. Soy mitad salvadoreña y mitad española – ¡espero que lo mejor de ambos mundos! Vivo intensamente el mar, las nubes, las flores, la música, la comida y lo que me haga reír. Amo a Dios y todos los días trato de ser la mejor Raquel posible.

Raquel Marón – who has written posts on Ladrona de frases.


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