No soy nadie para juzgar, ni poner etiquetas en una persona de mirada triste. Somos vulnerables de padecer depresión, si ese episodio no nos llega, promovamos abrazar como nos gustaría que nos abracen, seamos misericordiosas, buenas para escuchar y animar»

Abordar el tema de la depresión me ha revelado que a mi alrededor hay una amiga, una sobrina, una hija o una conocida que está viviendo en silencio esta enfermedad, que ataque indistintamente a jóvenes y adultas.

Aplaudo la valentía de las columnistas que este mes dispusieron abrir su corazón para confesar los momentos difíciles que han vivido tras la sombra de la depresión. ¡Son admirables! No solo nos hicieron valorar la vida que tenemos, también nos inspiraron. Me conmueve que sea en este espacio donde se expresen libremente y con tanta transparencia, le hacen justicia al objetivo de este blog: inspirar, reinventarnos y encontrarnos con nosotras mismas, con la esencia donde reposa la fuerza para vencer los obstáculos.

No tenía idea de la necesidad que hay de hablar de un tema de esta naturaleza. Es un padecimiento muy frecuente y por eso debemos exponerlo de la manera correcta. Quizá la crítica, el temor a ser juzgada o etiquetada no ha permitido que quien la padece la aborde en el desayuno del cuchubal o en los grupos de Whatsapp, porque la está viviendo en silencio.

Admito que estas columnas me llevaron a recordar mi corto periodo en las garras de la depre. Fue justo después de mi primer embarazo, cuando se instaló en mi cabeza por medio de la incertidumbre sobre el futuro de mi hija, ante mi fallecimiento. Nunca antes había considerado la posibilidad de mi muerte y por razones obvias, jamás lo comenté con mi esposo. Creo que fue la segunda semana posterior al parto, cuando me puse a buscar a un abogado que me permitiera firmar un documento que le concediera la patria potestad a mis padres, porque era obvio que mi esposo se volviera a casar y en ese caso mi hija pasaría a segundo plano. Suena horrible, pero en su momento tenía sentido.

Fue un amigo quien me hizo ver que mis emociones estaban determinadas por la famosa depresión posparto, sus palabras sin filtro me hicieron aterrizar de golpe y me quedé pensando que en algún libro había leído algo al respecto, así que me concentré en borrar esos pensamientos de mi mente. Fue un trabajo consciente, admití que algo me pasaba y cada vez que la idea de mi muerte aparecía ubicaba otro pensamiento para borrar el primero. Cuando mi sistema hormonal se reguló, todo volvió a la normalidad, volví a ser una madre con los ojos puestos en el futuro. Este tipo de depresión es transitoria, llega para abrumar una etapa caracterizada por los cambios constantes: el estreno de la maternidad, donde somos una olla de presión capaz de explotar en cualquier momento.

Mi propio paso depresivo y las experiencias de las columnistas, me hicieron ver un punto en común: el silencio. ¿Por qué en esta etapa tan vulnerable callamos nuestros sentimientos y pensamientos? ¿Qué nos motiva a guardar silencio? Yo no encuentro una respuesta, pero sí sé que esto aísla, derriba puentes con las amigas o la familia, a pesar del cariño que esas personas nos tienen… Pero también veo que quienes logran superar esta enfermedad, son quien que se atreven, tienen el valor de reconocer la situación y salen a buscar ayuda.

Entiendo que no hay nada escrito en esta situación, pero he concluido que no soy nadie para juzgar, ni poner etiquetas en una persona de mirada triste. Todas somos vulnerables de padecer depresión, si ese episodio no nos llega nunca, qué bueno que podamos abrazar como nos gustaría que nos abracen, sería bueno ser promotora de misericordia. Acertadamente, Paulo Coelho afirma que “nunca podemos juzgar la vida de los demás, porque cada uno sabe de su propio dolor y de su propia renuncia”.

Marly Leonzo

Mujer, esposa y madre.
Robadora de frases.
En proceso de construcción.
Amante de los viajes, buenos libros y museos.

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