
Pasaron casi cuatro años de separación absoluta. El daño se hizo en nuestros corazones, dolió y se veía casi imposible enmendar la situación, pero nos otorgamos perdón y hoy seguimos siendo cuatro.
A lo largo de mi recorrido en este mundo he ido añadiendo amistades, algunas me han acompañado casi toda mi vida, no se han perdido, siguen allí, aunque no nos vemos tan seguido como quisiera. Están las que compartimos todo el tiempo, las de una vez al mes, las de los convivios y hasta tuve la dicha de compartir “fecha probable de parto” con dos de ellas. Con el tema de la amistad, pensé qué tan seguido puede la vida darte esos regalos.
Así que aprovecho para compartir una historia con un final feliz, llena de valentía, coraje, pero sobre todo perdón.
Ellas tres ya estaban acopladas, ya eran amigas. Por azares del destino y en búsqueda de recuperar algunas cosas que había perdido en el camino, me topé con ellas, sabía que yo era una amenaza y que estaba invadiendo “su espacio”, pero a pesar de todo lo que podía estar sintiendo y pensando, ellas me acogieron como si me conocían de toda la vida. Allí nació la amistad, más bien, la hermandad.
Estábamos la una para la otra en todo momento, nos turnábamos las pijamadas, nos acompañábamos a todos lados, realmente hacíamos todo juntas, hasta que llegó el día en que la primera se casó. No sabíamos lo que era que una del grupo ya no estuviera disponible siempre. El día de la boda, de la cual todas fuimos parte, nos fuimos las tres que quedábamos solteras a celebrar nuestra especie de emancipación, cada una tenía una historia y esa boda nos había hecho darnos cuenta de lo que nos gustaba la idea de casarnos.
No voy a entrar en detalles, pero hubo un quiebre en la relación, pasaron casi cuatro años de separación absoluta. El daño hizo meya en nuestros corazones, dolió y se veía casi imposible enmendar la situación. En ese periodo pasaron las cosas más maravillosas que se puedan imaginar en la vida de cada una, dos nos casamos, una tuvo a su primer bebé, la otra se graduaba de médico, y era muy difícil no llorar al ver que no podíamos estar juntas para celebrar las bendiciones de las otras.
Conforme creces vas añadiendo sabiduría y fue gracias a esto y a la intervención de un amigo en común, que un día logramos arreglar la situación, fundidas en el abrazo más hermoso, lleno de perdón y de amor que se puedan imaginar. Quisimos retroceder el tiempo, pero no pudimos, así que comprendimos que nos esperaba un largo camino de frente y lo íbamos a aprovechar.
No fue fácil, aún había muchas dudas en nuestros corazones, recuerdo haberle dicho a mi esposo “no me vuelve a pasar, me voy a ir despacio”, pero esta segunda oportunidad requería ponerle toda la velocidad, no podíamos hacer las cosas a medias, no valía la pena porque nos queríamos mucho.
Llevamos 12 años juntas y ahora buscamos la oportunidad de vernos siempre, las horas del día no son suficientes y con tanto hijo a veces cuesta conversar, pero sabemos que estamos disponibles como al principio, la una para la otra.
No sé si todas las amistades pasan por un proceso sanador que es el perdón, pero la nuestra es humana y no perfecta. Vale la pena guardar el dolor y dejarlo en el pasado, vale la pena dejar a un lado el orgullo y reconocer que somos mejores rodeadas de amigas. Si tienes a alguien con quien ya no tienes la misma relación que al principio, toma la iniciativa para restaurar ese relación y comunicación ¡el premio te lo llevas tú!
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