
Con dolor, gozo, lágrimas y muchas risas, he dejado tirada toda la basura que acumulé a lo largo de la vida
Durante siglos, nos han hecho creer que lo único que nos da valor como mujeres es la apariencia: un cuerpo juvenil, una piel sin arrugas y el cabello sin canas. Como si el tiempo no pasara en nosotras. Esta creencia, que tenemos tan interiorizada y casi enquistada, la veo hoy como un peso del cual, paso a paso, nos llegamos a liberar.
Pasé los 40 años con dos embarazos que mi cuerpo recuerda con amor y agradecimiento. Me sentía muy bien. Hubo cambios en mi vida, se fueron algunas personas, llegaron otras y también nuevas responsabilidades. El tiempo siguió avanzando y llegué a los 50. Quizás ese fue, de alguna forma, un punto de quiebre para mí. Empecé a darme cuenta de que mi cuerpo guardaba las huellas de las prisas, del correr de un lado a otro, incluso de no saber gestionar mi tiempo, mis decisiones o mis emociones. Todo, lentamente, fue dejando líneas de expresión que no tardaron en volverse arrugas. Pequeñas ojeras que ya nunca se fueron y más bien se expandieron. Me negaba a aceptar esos cambios en mi apariencia que, de un día para otro, pulverizaban la imagen que “debería” conservar como mujer: eternamente joven.
También fue revelador —aterrador y liberador al mismo tiempo— darme cuenta de que no existían los “culpables”. Que yo estaba donde me encontraba por una serie de decisiones que tomé durante años y que me dieron muchos aprendizajes. Vi también cómo ya había pasado más de la mitad de mi vida —porque dudo que llegue a vivir 104 años—. Fue como estar en una sala oscura y que, de pronto, se encendieran todas las luces y pudiera ver, en los diferentes ambientes, muchos momentos de mi existencia. También ver que, allá a lo lejos, pero no tan lejos como lo veía de joven, había un pequeño rótulo que decía “salida”.
Esta serie de “darme cuenta” me abrieron los ojos, la mente, el corazón. Lentamente, con dolor, gozo, lágrimas y muchas risas, he ido dejando tirada toda la basura que acumulé a lo largo de la vida: objetos, creencias, costumbres inútiles, hábitos y, sobre todo, ideas limitantes acerca de mí y mi vida. Logré entender y aceptar que no soy “mala madre” por pensar en mí y permitir que otras personas lleguen a mi vida. Que soy absolutamente imperfecta, como aprendiz de la vida. Que no debo estar siempre sonriendo. Que está bien llorar, sentirse agotada, exhausta, con ganas solo de dormir. Que es maravilloso verme como me veo y me siento hoy: con canas, arrugas, vaivenes de hormonas y energía, pero con unas ganas inconmensurables de continuar en este camino, que recorro llena de gratitud.
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