Cada noche cerramos nuestros ojos y damos por sentado que despertaremos al día siguiente y nuestra vida seguirá su curso. Pero hay un día, un momento, un acontecimiento, una noticia que altera ese panorama para siempre.

El resultado de una evaluación médica siempre causa cierta angustia, se duplica cuando se trata de cáncer y es mucho más aterrador cuando el diagnóstico es de tu pareja. Es un torbellino de emociones y pensamientos que te hacen creer que es un sueño y pronto despertarás hasta que aceptas que es una realidad y muy dura.

En algún lugar escuché la frase “no sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es lo único que te queda”. Muy acertada. En un proceso así, sacas fuerzas de donde crees que ya no hay y pronto te ves realizando cosas que nunca imaginaste.

La batalla duró dos años y medio, período en el que nunca dejamos de tener esperanza, es más, ella nos hacía reír en medio del dolor, recordar los buenos momentos sobre una cama fría y dura de un hospital, de hablar del futuro aún cuando los resultados de los exámenes hablaban de un panorama cada vez más adverso.

El día que mi esposo se fue físicamente, tomé la firme decisión de que lo que llegara a mi vida me haría más fuerte y menos dura, a no dar nada por sentado, a estar en paz con mi nueva normalidad y gozarme cada día como si fuera el último, pero sobre todo a estar agradecida por los momentos vividos y la esperanza de que lo mejor aún está por llegar.

Mi vida al lado de mi esposo fue maravillosa, ahora sin él yo tenía que propiciar que la vida siguiera siendo igual para nuestra hija. Después de que ella llegó a nuestras vidas, tomamos la decisión de que yo dejara de trabajar y me dedicara a cuidar a la familia; fue una determinación compleja debido a que ambos ganábamos lo mismo y mi sueldo formaba parte del presupuesto, opté por confiar en que mi esposo podría ser el proveedor que él anhelaba ser y me volví económicamente dependiente y salimos adelante. Sin embargo, cuando tu pareja y proveedor ya no está, la realidad se convierte en una crisis o una oportunidad, para mí fue la oportunidad para ver ángeles que se encargaron de que nada nos faltara, comprobar lo valiosa que es la familia y ver cómo el amor de Dios llega para sorprenderte aun con los detalles más pequeños y ¡nunca nos desampara!

Perder al amor de mi vida, a mi esposo, al padre de mi hija me enseñó a quedarme quieta para tomar las mejores decisiones, aunque para muchos parezcan absurdas. Recuerdo que algunas personas se me acercaron para preguntar si quería trabajar, pero mi plan B fue mi hija. Si ya había perdido a su padre, no quería que sintiera que también me había perdido a mí buscando ser la proveedora y descuidara lo más valioso. Afortunadamente hasta hoy ese plan me ha funcionado. He logrado generar ingresos que me permiten seguir en casa, cuidando lo que más amo.

Más de cinco años después de decirle a mi amado esposo en su último aliento que pronto nos volveríamos a ver, puedo decir que tengo una maravillosa vida en la que soy muy feliz. Con toda libertad puedo decir que cada día es una nueva oportunidad y no se vale desperdiciarla con lamentaciones, quejas o con ese sentimiento de culpa por lo que pudiste haber hecho mejor o de manera diferente. Es necesario perdonar, perdonarte y tomar aire para verte al espejo y decirte ¡hoy seré una mejor versión de mí misma!

Maggie Rodas de Bonilla

Mujer, hija de Dios, madre de familia, psicóloga, enfocada en vivir por aquello que vale la pena. Disfruto mucho escuchar y ayudar a mujeres para que no se sientan solas y puedan ver en sus circunstancia oportunidades para salir adelante.

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