
Olores, colores sabores que uno extraña y hacen falta estando lejos de Guate, lejos de casa. Cosas que mi hija ‘chapina’ 100% pero criada fuera de Guate, tristemente desconoce.
El ponche. La manzanilla. El pino. La hoja de tamal cocinándose sobre brasas. El aserrín enmarcando el nacimiento en el zaguán. El sonido de las tortugas avisando que viene la posada…
Llevo casi 20 navidades rodeada de nieve, esperando que den las doce “en Guate”, el 24 paso despierta dentro de un vecindario con silencio total en plena Nochebuena. Todos mandaron a los patojos a dormir bien temprano para madrugar el 25 y encontrar regalos bajo el árbol y entonces empezar la celebración.
Nosotros listos para llamar a la familia en Guate. Y del otro lado del sonido trasciende el sonido de cohetes, fiesta, vecinos y relajo. Después de los respectivos abrazos y congratulaciones telefónicas, silencio absoluto, sin olor a pólvora en el ambiente.
Hace cinco años mi marido encontró en YouTube a una chica en Canadá que hace tamales chapines, veo el video y me toca el orgullo: “Si ella puede, yo también”. La felicidad absoluta al encontrar en la ciudad en un mercado étnico hojas frescas de banano. Las semillas, los chiles y las libras de Maseca. Después de recibir varias versiones de recetas familiares de tamales para 250 o 300 personas, pudimos hacer las equivalencias para una familia de tres chapines que en el Norte se disponen a hacer su primera tanda de tamales colorados. ¿Hemos comido tamales antes? Por supuesto, ¿hemos hecho tamales? Jamás en la vida. No teníamos ninguna experiencia, pero con muchas ganas, le entramos.
Pasamos el día entero preparando la masa, limpiando las hojas, haciendo el recado, picando los chiles y descubriendo de dónde nace la frase de “brazos de tamalera”. Todo listo para armar los tamales, intentando emular la sazón de mi mamá para que el recado y la masa queden a la perfección. También llegaron los encargos para la familia que venga a visitarnos: empezando con la paleta para mover la masa.
Como buenos latinos todo lo hacemos fiesta. La cocinada de los tamales se hace junto a los amigos y una buena olla con ponche en la estufa. Mi amiga chapina entra a la casa y dice: “aquí huele a navidad”, sus palabras me llenan del corazón. Ella me comparte los secretos del orden adecuado en el que se tuestan las semillas para hacer el recado. Villancicos de música de fondo, manos a la obra y esos tamales no sólo salen deliciosos sino que aquí, valen su peso en oro sólido.
Ya son cinco años en los cuales no solo despertamos en Navidad listos para abrir el resto de los regalos, nuestra mayor ilusión es para desayunar tamalito. La próxima frontera será el pan francés.
Comments (1)
Flor de María Piedrasanta de Cabrerasays:
diciembre 21, 2018 at 10:27 amTienes mucha razón. El año pasado pasamos la Navidad en Alemania con mis hijos y nietos, y aquel silencio, nos pusimos a darle regalos al nieto, a armarlos y cuando vimos ya habían pasado las 12 y ni cuenta nos dimos. La alegría de estar con el hijo supera todo.