
Mi hogar está en la ciudad que nunca duerme, esa metrópoli mágica y vibrante de las películas de Hollywood que de pronto se convirtió en el epicentro de la pandemia.
Hoy entramos a la semana siete de confinamiento en nuestro apartamento. Mi esposo y yo vivimos en la ciudad de Nueva York, en el condado de Queens que actualmente es el epicentro de la pandemia en el país. Todo empezó cuando hace un par de meses escuchamos hablar del primer caso de Covid-19 en el Estado. Jamás imaginamos vivir una situación como esta, pues veíamos las noticias de China, Italia y España, sin saber que detrás veníamos nosotros.
Todo parecía literalmente “un cuento chino” y desde entonces nuestra preocupación se concentró en los cuidados para no infectarnos, especialmente para mí porque mi medio de transporte para llegar al trabajo es el subway, donde la distancia social es nula, especialmente en horas pico o de alto tráfico humano.
Los contagios aumentaron rápidamente y el Estado fue declarado en emergencia. Eso trajo el cierre de lugares de trabajos no esenciales. En nuestro caso particular, tuvimos la oportunidad de quedarnos en casa y continuar con nuestras actividades laborales como parte de un “plan de continuidad en caso de desastres” de nuestras empresas, que contempla una pandemia y establece protocolos que nunca se pensaron poner en práctica, como permitir que sus trabajadores puedan conectarse vía internet desde sus casas hacia sus ordenadores. Tuvimos que dividir los espacios, trabajando uno en una habitación y el otro en la sala, tratando de no interrumpirnos.
En estas semanas hemos recibidos noticias tristes, como el caso de Priscilla, amiga y ex compañera de trabajo con quien compartí por mucho tiempo, y Juana, colaboradora cercana de la oficina, ambas perdieron la vida con un día de diferencia por el Covid-19, sus pulmones no soportaron. Fue ahí cuando terminamos de poner los pies sobre la tierra y los siguientes días estuvieron llenos de incertidumbre, las imágenes apocalípticas no aportaban aliento alguno, pero sí un sentimiento de temor que nos embargaba por instantes. La ciudad que nunca duerme, esa ciudad mágica y vibrante de las películas de Hollywood se detuvo y con ella nuestra vida también.
Nos vimos en la obligación de establecer protocolos tales como no recibir visitas ni visitar a otras personas, las salidas se hacen por situaciones estrictamente necesarias y la mayoría de los pedidos los hacemos por internet. Los productos que llegan los abrimos afuera, los desinfectamos y posteriormente los ingresamos a nuestra vivienda. Las pocas salidas al supermercado han sido otra actividad llena de cuidados que conlleva el uso mascarillas, guantes, lentes y distanciamiento social, entre otros.
Esta cuarentena definitivamente no solo nos ha mostrado lo vulnerables que somos, sino que nos ha enseñado que la vida es un instante y que un “te quiero” no cuesta nada, pero vale mucho. En un momento donde cada uno vive realidades diferentes, solo le pido a Dios que nos haga más humanos y más empáticos. Además, nos hemos enfocado en las noticias de las miles de personas recuperadas y en cómo las cifras de contagio han empezado a descender. Esa información nos llena de esperanza y nos permite visualizar un futuro alentador.
Si estás leyendo esto, quédate en casa si tienes la oportunidad, cuídate y cuida de los tuyos, atesora a tu familia y diles cuánto los amas porque solo estamos de paso por este mundo. Confiemos y demos gracias a Dios por sus cuidados cada día.
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