
Somos privilegiadas, estamos en el siglo XXI. Hay soluciones, hay conversación.
Un viejo poema hebreo habla de una teoría sobre un supuesto orden en los asuntos del tiempo. Reza más o menos así:
“Hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo,
un tiempo para nacer,
y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar,
y un tiempo para cosechar;
un tiempo para llorar,
y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,
y un tiempo para saltar de gusto;
etc. etc”
Pero no dice nada sobre un tiempo para incendiarse o un tiempo para secarse, ni un tiempo para cansarse y además confundirse. No, el Eclesiastés no explica el misterioso tiempo de la menopausia. ¿Cómo explicarlo? la menopausia es tiempo aparte. Desordenado, desconcertante, intenso.
Es universal, no hay mujer que no la atraviese. Es única, cada quien vive su cruzada a su manera. Es un territorio plagado de miedos, de mitos y verdades. Precisamente, por su naturaleza inevitable necesitamos estrategias físicas, emocionales y hasta espirituales para vivir el ciclo con gracia.
El otro día, en el vestidor del gimnasio, mientras platicando con la encargada me preparaba para empezar, mi termostato corporal padeció una afrenta más de este sorprendente fenómeno. Sí. Ardía en llamas invisibles que surgían en mi pecho, formaban pequeñas guerras en mi cuello y desbocaban todo su calor en las orejas. Resoplé y, a falta de ventilador, salpiqué mi rostro con abundante agua helada. La encargada, una joven simpatiquísima, como si adivinara el porqué de mis fuegos, de mi suspiro, preguntó mi edad.
El incendio pasó muy rápido. De hecho, en mi caso no es un síntoma dramático. Es un símbolo, una señal de que mi cuerpo nuevamente cambia, de que la biología humana es una danza de ciclos, de tiempos que se van y tiempos que llegan. Es resultado de una sabiduría natural que nuestro entendimiento no alcanza.
Estamos en el umbral de una etapa nueva e inevitable. A falta de atajos o trampas capaces de obviar las incomodidades que el ciclo trae consigo, más vale usar el poder mental para sobrellevarlas y, por qué no decirlo, para superarlas.
Sí, la mente, que a estas alturas cuenta con un entrenamiento de muchos años para encontrar soluciones, es nuestra mejor aliada. La menopausia y su comitiva son una realidad. La actitud con que transitamos las rutas que traza el nuevo ciclo es crucial.
Los cambios en el cuerpo son un hecho, incluso los que afectan al ánimo. Es como si todo lo que somos empezara a descascararse. La comitiva es un desfile. Dificultad para conciliar el sueño, sudor nocturno, ansiedad, escenarios mentales fatalistas en macabras horas de la madrugada, resequedad hasta en las mejores intenciones, uñas y energía quebradizas, agujeros en el entusiasmo, desorden en el peso y un cansancio tan inmenso que a veces podríamos quedarnos en la cama durante horas si tan solo lográramos gozar de un sueño reparador. Es mucho o es nada. Depende de nosotras.
Debemos actuar. En primer lugar, acudir al médico. Para gajes de oficios biológicos como este, la ciencia tiene opciones. Somos privilegiadas, estamos en el siglo XXI. Hay soluciones, hay conversación. Vuelvo al tema de la mente. Necesitamos una actitud aguerrida para afrontar el tema físico y una disposición jovial para recibir lo que viene, porque no todo es fatalidad.
La madurez física no llega sola, la acompaña la emocional. Un estado de nueva serenidad empieza a convertirse en hábito. La libertad de hacer o dejar de hacer adquiere supremacía.
Balanceamos mejor nuestras ocupaciones. La mirada que damos al mundo es más clara, cálida, más amable. Los alcances intelectuales no son sujetos a incendios o estragos hormonales. Todo lo contrario, abrimos puertas a más conocimiento, a nuevas disciplinas. Los expertos se lo atribuyen a una transformación psico-espiritual, a nuevas y mejores capacidades de autoconocimiento. Encontrar estas bondades, abrazarlas y disfrutarlas está en manos de nuestra actitud. Si flaqueamos porque el incendio no termina de pasar, somos rotundamente capaces de sobrellevar la crisis con gracia y aplomo. Faltaba más. ¿Quién dijo miedo?
Más allá del cambio en nuestro sistema bio-hormonal la menopausia es un rito de paso que hemos de celebrar con tacones puestos y frente en alto. Significa que estamos vivas y estarlo es un regalo de múltiples posibilidades.
—Cincuenta— dije, respondiendo a la pregunta de la encargada del vestidor.
Con deliciosa franqueza ella dijo que se me notan.
—Menos mal— respondí— si cada año me ha costado completarlo y sostenerlo y entenderlo. Los llevo a todos bien prendidos, cada uno acomodado en su justo sitio. Así que le agradezco, me alivia saber que mis tiempos acumulados no son invisibles. Y vienen nuevos. Distintos, pero fascinantes.
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