
Experimenté esa falta de aire de la que tanto se habla, sentí mucho miedo y angustia de que las cosas pudieran ponerse peor y así fue, el viernes 27 de marzo los paramédicos del 911 me trasladaron al hospital.
Tengo algunos años de vivir lejos de toda mi familia guatemalteca. En este nuevo país nos establecimos solo con mi esposo y mis dos hijos. En esta ciudad, que ha sido mi segundo hogar, he encontrado personas que se han vuelto mi otra familia. No soy escritora, pero frecuentemente escribo en mis notas del celular cosas que me vienen a la mente o que me suceden, por eso no lo pensé mucho cuando mi amiga me habló de contar mi historia.
Recién experimenté algo que nunca imaginé que me pasaría. Sabía del coronavirus y lo que el Covid-19 había causado en China, Italia y España. Al principio lo vi lejano, luego como una nube negra que acercaba a mi continente. De manera consciente comencé a tomar todas las medidas de higiene y seguridad en casa.
Un día sentí una molestia en mi garganta, luego vinieron escalofríos y más tarde fiebres altas. De un día otro estaba en mi cama con demasiado dolor de cuerpo, un fuerte dolor de cabeza y las fiebres altísimas continuaban. Al sexto día de este malestar tan fuerte que me hacía sentirme muy mal, recibí el resultado de la prueba: positivo a Covid-19.
Me aislé en una habitación dentro mi casa, me comuniqué con mi esposo y mis hijos solo por Facetime para las horas de las comidas o cuando necesitaba algo. Ellos fueron puestos en cuarentena, así que en mi espacio traté de hacerle frente a todo lo que sentía hasta que todo comenzó a empeorar.
Experimenté esa falta de aire de la que tanto se habla, sentí mucho miedo y angustia de que las cosas pudieran ponerse peor y así fue, el viernes 27 de marzo los paramédicos del 911 me llevaron al hospital. Entrar a esa emergencia fue aterrador, comenzaron a ponerme muchos aparatos que solo había visto en las películas. ¡Inevitablemente entré en pánico! Mis brazos comenzaron a dormirse y mis manos perdieron por completo su movilidad. No lograba entender lo que me sucedía, pasaron unas dos horas en los que los médicos lograron estabilizarme.
Después de casi cinco horas en la emergencia, finalmente me trasladaron a una habitación. Una hora más tarde llegó uno de los médicos a informarme el diagnóstico: el virus había afectado mis pulmones y mi cuerpo estaba batallando con una neumonía. Estaba muy asustada con tanta información entrando a mi cabeza, pues todo lo que había escuchado en las noticias era que muchas personas no lo estaban logrando.
Debido a mi estado de deshidratación me pusieron suero, más antibióticos y anticoagulantes, pues al parece el virus provoca coagulación y eso complica más el cuadro clínico. Estuve en monitoreo constante ante la alarma de una posible bacteria.
Durante la noche de ese viernes se presentó el enfermero que me cuidaría ese turno. Era un hombre que a pesar de todo el equipo de protección que usaba, podía percibir en su rostro la sonrisa a través de sus ojos. A las 5 de la mañana se acercó nuevamente para sacarme sangre, para ese momento ya había perdido la cuenta de cuántas veces me habían pinchado, pero en esta ocasión sus ojos brillaban más y me preguntó “¿Vas a la iglesia?” Le contesté que sí. “La sangre de Cristo tiene poder”, me dijo. En ese momento mis lágrimas comenzaron a salir. ¿Tienes a Jesús en tu corazón? Me volvió a preguntar. Sí, le dije. “Entonces todo estará bien”, afirmó.
Sus palabras cambiaron por completo la atmósfera de esa habitación y pude escuchar claramente a Jesús diciéndome “Yo sigo aquí no me he ido ni un instante. Yo pagué un precio muy alto por tu sanidad”.
Hoy les escribo desde mi casa. Tres días después de ese momento me dieron de alta para finalizar mi recuperación en mi hogar. Y tal como el enfermero dijo ¡todo ha salido bien!
Podría seguir compartiendo lo que Jesús hizo por mí en este proceso, pues ha sido demasiado. Pero me voy a concentrar en decirles que hay esperanza. Esta crisis la estamos viviendo todos de forma diferente, pero no debemos olvidar que podemos llegar a los pies de Jesús y comenzar de nuevo no importa cómo estés ni por lo que estés pasando, ¡Su amor jamás cambia!
Comments (4)
Astrid Riverasays:
abril 20, 2020 at 7:47 amLa gloria de nuestro padre se a manifestado nuevamente, el es quien cuida de nosotros si nosotros aprendemos a vivir de su Fe.
Manuel Armassays:
abril 20, 2020 at 10:41 amKarla, amiga, me alegró tanto el saber que Jesús ha estado cuidando de tu vida y familia. Cómo te dije tu corazón nunca se ha separado de Dios, y Jesús ha hecho un milagro, seguirá bendiciendo tu vida y serás testimonio para otros. Un fuerte abrazo.
Delia Melgar Orellanasays:
abril 20, 2020 at 11:49 amQuerida hermana cuando me avisaron que te trasladaban al hospital mi corazón se estrujo, tantas cosas que hemos pasado como familia en este último año y creo que esto me rebaso, pero somos una familia de fe y que cree en el poder de Cristo, gracias a El hoy estas en casa llena de salud y disfrutando de tu familia. Te amo y doy gracias a Dios que seas mi hermana. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”??
Camilasays:
abril 20, 2020 at 3:34 pmDios es bueno, gracias por compartir. ??❤️ Tus palabras nos alientan. Los extrañamos y queremos mucho.