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Pasar la cuarentena o vivir la cuarentena

Hay cosas que no he podido hacer en estos cuarenta y tantos días. Una de ellas es leer más de diez minutos seguidos. Perdí la concentración. No sé dónde la dejé. Tampoco había escrito nada hasta hoy, porque una especie de rebeldía se apodera de mí cada vez que pienso en ello.

Hace varios años vi una película en la que el protagonista, apoltronado en un sillón de orejas altas, sonreía displicente mientras pensaba que le había ganado la carrera a la vida. Y entonces, sin que lo viera venir, sucedió algo que le recordó que las personas no tenemos ni idea del porcentaje de vida que controlamos consciente o inconscientemente, porque todo lo que no ha pasado es una incógnita.

Algo parecido me sucedió hace poco más de un mes cuando, semana más semana menos, el mundo entero fue puesto en cuarentena y nos mandaron a nuestras casas bajo la amenaza de ser contagiados por un virus contra el que médicos y farmacéuticas no sabían —ni saben— cómo pelear. Atemorizados, salimos de nuestras rutinas para encerrarnos sin saber qué esperar. Unos seguimos teletrabajando —o haciendo home office como le dicen normalmente— y otros se quedaron sin absolutamente nada que hacer. De un día para otro nos enfrentamos a una forma de vida que solo parecía posible en el cine. Las calles de la ciudad se quedaron vacías y el silencio se apoderó de todas las esquinas. No recuerdo haber escuchado nunca tanto silencio.

En pocas palabras, nos obligaron a guardarnos en el lugar del que muchos quieren salir: nuestro hogar. Siempre he sabido que dirigir una casa no es tarea fácil. Por eso, cuando me casé —hace ya muchos años— busqué trabajo fuera de ella y delegué su manejo a personas valiosas. Hasta ahora, me las había ingeniado muy bien para administrarla a control remoto y, como buen escapista, huir de las tareas menos glamorosas. Por eso, cuando de repente me tuve que enfrentar a ella sin ningún resguardo y exponiendo mi inutilidad, me acobardé.

Intentando no entrar en pánico, respiré hondo y miré a mi alrededor. Saqué escobas, trapeadores, líquidos de limpieza, trapos y plumeros. Abrí la refrigeradora y hurgué en la despensa. No ordené nada porque mi cerebro no sabe cómo hacerlo. Soy experta en mover el desorden de un lugar a otro, no en ordenar. Hace años que dejé de avergonzarme por ello. El orden no está en mi ADN tanto como el placer de leer no está en el de otras personas. Sin embargo, como soy buena organizando formé, junto con mi marido y los dos hijos que quedaron encerrados con nosotros, un equipo de trabajo digno de cualquier serie de televisión. Presumí que, conmigo al frente, seríamos invencibles. Todo funcionaría a la perfección y pasaríamos la cuarentena sin ningún problema.

La emoción nos duró exactamente dos días. Entre el fuerte horario de trabajo de oficina, el hecho de saber que pasaríamos las veinticuatro horas del día juntos por un tiempo indefinido, el miedo al contagio, a los problemas económicos que seguro surgirían y a la anormalidad de todo lo que estaba sucediendo, los ánimos se fueron caldeando. Pasamos varios días sin ser equipo hasta que, poco a poco, cada uno fue encontrando su espacio en el confinamiento.

Personalmente, decidí dejar de enfocarme en el polvo y en el caos, en el miedo y en la incertidumbre y puse mi atención en placeres que creí olvidados, como el gusto que me da tender al sol la ropa recién lavada y recogerla horas después, seca y olorosa. Me di cuenta que cuando cocino sin más intención que quedar bien con los míos, la comida tiene buen sabor. Al lado de mi hija redescubrí el olor a tierra mojada y aprendí a regar las plantas sin ahogarlas.

También hay cosas que no he podido hacer en estos cuarenta y tantos días. Una de ellas es leer más de diez minutos seguidos. Perdí la concentración. No sé dónde la dejé. Me ha ocurrido algo que nunca me había pasado: encuentro excusas para no leer. Tampoco había escrito nada hasta hoy, porque una especie de rebeldía se apodera de mí cada vez que pienso en ello.

Sin embargo, y así como espero que la cuarentena, la falta de atención y la rebeldía tarden poco en quedar atrás, también espero que los otros gustos se mantengan. Sobre todo, voy a valorar siempre esta temporada en familia, porque me ha hecho ver que sí podemos pasar muchas horas juntos respetando, al mismo tiempo, nuestros espacios e individualidad.

Pero lo que más espero, lo que de verdad me hace ilusión, es que cuando esto termine y podamos salir a la calle, mi familia siempre tenga ganas de volver a casa.

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo un blog llamado, naturalmente, La insólita cotidianidad.

Patricia Fernández – who has written posts on Ladrona de frases.


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo un blog llamado, naturalmente, La insólita cotidianidad.

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