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No sé precisar si son dos, tres o más libros los que han marcado mi vida, pero sé que me han curado el alma.

Han sido muchísimos libros leídos. Gusto que no sé si heredé o adquirí de mi padre, quien siempre estaba leyendo y su ejemplo me motivó. Tenía una frase que acuñó por mucho tiempo para referirse a lo que la mujer debía buscar en su pareja para vivir realizada: “un hombre debe ser bueno, bonito y letrado”. Ahora comprendo en su justa dimensión a lo que se refería.

Con el paso del tiempo los métodos de lectura han cambiado. Yo soy de la vieja escuela, donde nos obligaban la leer sin motivación alguna, aquellos títulos como: La ilíada, La odisea, Los árboles mueren de pie.

Aunque tuve buenos docentes, tengo que reconocer que no me transmitieron esa pasión por los libros, pero en casa encontré el impulso correcto. “Si quieres leer lo que te gusta, primero lees lo que te mandan”, decía mi papá. Así que leía lo que me mandaban para darme el gusto de leer lo que me gustaba. Fue así como descubrí algunos clásicos: Don Quijote, Amor y prejuicio, Romeo y Julieta.

Poco a poco, me sumergí en ese fascinante mundo literario y pronto descubrí aquellos que relataban historias de cultura general, arte y fantasía. Así llegué a la segunda guerra mundial. Tema que me ha apasionado toda la vida. Me intrigaba mucho saber quién podía haber sido tan malo como para provocar algo tan aberrante. Y leyendo, descubrí cómo los maestros de este monstruo habían influido tanto en él, como para convertirlo en eso. Nadie le quita la mente retorcida, sin embargo, me marcó constatar la importancia del docente en la vida de un alumno.

Poder curativo

Cuando atravesé por un periodo de depresión espantoso, del que compartí con anterioridad-, los libros fueron mi refugio y mi salvación. Leído todo lo que podía sobre la guerra, desde testimonios y relatos, hasta novelas. Y no es porque me guste el sufrimiento ajeno, es porque creo que, si alguien pudo sobre vivir al holocausto, todos podemos levantarnos de nuestras cenizas y empezar de nuevo.

Podría escribir tanto sobre todas las maravillas que nos da la lectura, que este espacio no sería suficiente. Por lo pronto les comparto algunos títulos que son dignos de mi admiración: El tiempo entre costuras, de María Dueñas; la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill; Choque de titanes, de David Glantz; Memorias, de Albert Speer; Si esto es un hombre, Primo Levi; Un saco de canicas, de Joseph Joffo; por supuesto, El diario de Ana Frank; El pianista, escrito por Wladyslaw Szpilman; La llave de Sarah, escrito por Tatiana de Rosnay.

También soy amante de Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad, A orillas del río piedra me senté y lloré, de Paulo Coelho, Los caballos de Troya, de J. J. Benítez, El tango de la guardia vieja de Arturo Pérez Reverte, y de Jojo Moyes, yo Antes de ti y Yo después de ti.

Comprenderán que es difícil reducir la lista, porque los libros son todo un mundo aparte que nos transportan, nos ayudan, nos entretienen, nos instruyen, nos distraen, nos curan y en mí, despiertan una gran pasión.

Maria Catalina Estévez

Mujer, esposa, compañera, amiga, amante del buen café y los buenos libros. Creciendo, amando y reinventándome cada día.

Maria Catalina Estévez – who has written posts on Ladrona de frases.


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