
Amante del Real Madrid, le dio a su cachorro el nombre de su jugador favorito, el portero Iker Casillas.
Iker llegó a casa arropado en todas las promesas que hizo mi hijo para convencerme de que lo mejor que nos podía pasar en la vida era tener un perrito nuevo. Dijo que lo bañaría todas las semanas, que le daría de comer, que lo sacaría a pasear todas las tardes, que lo educaría, que lo cepillaría seguido para que no se llenara de nudos, que lo…
De todas esas promesas, las únicas que cumplió sin fallar fueron dos: la primera fue que lo educó. Y la segunda… la implícita, la que no tuvo que prometer nunca, fue que lo quiso desde el primer día. Sé, con toda seguridad, que mi hijo amó a su perrito con toda la fuerza con la que puede amar un corazón. El cariño fue mutuo; por las mañanas, lo primero que Iker hacía cuando yo le abría la puerta para que entrara a la casa —dormía en el patio—, era correr hasta el cuarto de mi hijo y subirse a su cama para despertarlo o seguir durmiendo con él a su lado.

No sé si Iker me quiso tanto como quería a mi hijo, pero sí creo que me veía como a una madre. Por las tardes, cuando caía el sol, se acercaba a mí y me pedía que lo cargara como si fuera un niño pequeño. Yo, por supuesto, no me negaba nunca y lo dejaba dormir entre mis brazos mientras leía una novela o, simplemente, lo acariciaba para que durmiera mejor. Iker ayudó a reforzar el vínculo entre mi hijo y yo. Nos volvimos cómplices de los mimos que le dábamos y siempre, cuando uno de los dos estaba en la casa, lo manteníamos adentro, cerca de nosotros —a pesar de las quejas de mi esposo y mis hijas, que decían que olía mal cuando no estaba recién bañado o si llevaba mucho rato acostado en la alfombra de la sala familiar.
Preferencias aparte, Iker tenía un cariño especial por cada uno de los miembros de nuestra familia. La primera vez que mi hija mayor vino a vernos después de varios meses de vivir fuera, Iker pasó varias semanas ignorándola, ofendido de que lo hubiera dejado. Mi hija necesitó varios viajes y muchos esfuerzos para ganarse de vuelta su cariño. Una vez consiguió aplacar lo que él consideró un abandono, la recibía con toda la alegría que solo una mascota puede demostrar.
A nuestra hija pequeña, que ocupó la habitación de su hermana cuando ella se fue, le reclamaba la invasión haciéndose pipí en todos los rincones del cuarto. El caso llegó a tal extremo que, durante varios meses, mi hija mantuvo cerrada la puerta de su habitación para que Iker no pudiera entrar.
Iker tenía dos pasiones: las galletas y salir a pasear
Un mes de marzo descubrimos que Iker tenía un problema en el corazón. El veterinario que lo trató, un hombre humano y cariñoso, hizo todo lo posible para salvarlo, para prolongarle la vida. Yo seguí todas sus instrucciones: le daba las medicinas puntualmente, le cambié la dieta, lo consentí todavía más… El doctor venía una vez por semana a ponerle una inyección que le elevaba la producción de glóbulos rojos y le daba apetito y vitalidad. Iker nunca se quejó de nada. Aceptaba todos los tratamientos con paciencia infinita, pero su salud se fue deteriorando. Perdió mucho peso y acumulaba líquido que tenían que drenarle cada dos o tres semanas.
Un lunes regresé a casa por la noche. Solo estaba mi esposo. Cuando le pregunté por Iker, me respondió que ya lo había sacado a dormir a su casita. Salí a verlo. Por primera vez en varios días no se levantó para recibirme. Me senté en el suelo del garaje, lo acaricié y acompañé por más de una hora. Intenté decirle que si estaba cansado, que si ya no podía más, que no se preocupara por nosotros. Quise asegurarle que estaríamos bien. No lo logré. Egoísta, le pedía una y otra vez que por favor se curara, que no nos dejara. Le decía que a los ocho años un perro todavía no es viejo, que podía salvarse. Finalmente, lo arropé bien para que no tuviera frío y entré a la casa. Como hago cada vez que una emoción me sobrepasa, tomé mi cuaderno y me puse a escribir. Esa noche, no logré más que unas cuantas líneas: “Él sabe que se le acortan los días. Por eso se acuesta bajo el sol, para llevarse su calor. Por eso me mira cuando le hablo, para llevarme con él y dejarme su mirada buena. Por eso a ratos juega como si no pasara nada, aunque los dos sabemos que sí pasa. Está cansado. Ya no puede más. Con sus ojos callados, me pide que lo comprenda. Y yo lo comprendo, pero de mi boca no salen palabras de aliento. No consigo decirle que estaré bien. No puedo. Hoy no puedo”.
A la mañana siguiente, mi hijo tocó suavemente la puerta de mi baño y me dijo:
— Ya estuvo. Se fue. No necesitó decir más. Corrí hacia el jardín. El jardinero lo había colocado sobre la grama mojada por la lluvia de la noche anterior. Lo levanté del suelo y lo apreté contra mí, llorando. Con él en brazos, entré a la casa y me dirigí a la parte de atrás de la casa. Toda mi familia me acompañó. Luego se lo entregué a mi hijo, quien lo cargó hasta el final.
Enterramos a Iker en el fondo del jardín. Ahí descansará, cerca de nosotros, reafirmando con su recuerdo la frase del poeta Lord Byron: «Mientras más conozco a la gente, más amo a mi perro».
Iker (28 de mayo de 2011 – 25 de junio de 2019)
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