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A mi hermanito le dispararon mientras platicaba con sus amigos sentado en la banqueta, su muerte provocó una opresión que literalmente me impedía respirar y sentía que mi tórax se partiría en dos.

Es triste saber que el término depresión, se usa tan casualmente, cuando en realidad, está catalogado como un trastorno mental. Su nombre proviene del latín, depressio, que significa opresión, encogimiento o abatimiento. Normalmente, se manifiesta en una profunda tristeza, decaimiento anímico, baja autoestima, pérdida de interés por todo y disminución de las funciones psíquicas. Para resumirlo, sientes que te aplasta, muchas veces dejas de sentir y te entumeces y hasta le pierdes el sabor a vivir.

Cuando tenía 20 años, varias circunstancias a mi alrededor me llevaron a no querer vivir, de hecho, morir sonaba como la respuesta perfecta para no sentir dolor, confusión, soledad y vacío en el alma. Pero en medio de esa depresión nació mi fe, soy creyente en Cristo y no me hice creyente por cultura o por herencia familiar, sino, porque en ese momento de oscuridad en mi vida, puse mi cabeza sobre mis rodillas y con la esperanza de que Dios fuera real, le dije en mi mente “ayúdame”.  Y Él, me ayudó.

Pero, los creyentes también se deprimen. Aunque para muchos religiosos sea inconcebible, la verdad es que siendo creyente me sumí en la depresión y lo peor, lo hice sin darme cuenta. Mi hermanito de 26 años fue asesinado, le dispararon mientras estaba platicando con sus amigos sentado en la banqueta. Mis tragedias de los 20 eran nada comparado con esto. La opresión era tan grande, que literalmente me costaba respirar, sentía que mi tórax se partiría en dos. La confusión era enorme; con la diferencia de que esta vez, tenía motivos para querer vivir, entre ellos mi familia. Aun con Dios y con ellos en mi vida, algo se apagó dentro de mí. De repente subí de peso excesivamente, porque desarrollé un desorden en la tiroides y resistencia a la insulina. Mi cuerpo empezaba a gritar lo que mi alma no había expresado, nunca pasé un proceso de duelo “normal” -si es que hay algo normal en el duelo- y en la angustia de perder a un ser amado.

No fue sino hasta que empecé a cambiar mis hábitos alimenticios, tres años después de la muerte de mi hermano, que empecé a llorar la tristeza rezagada, noté que nunca lidié con ese dolor, sino lo fui empujando dentro de mí, y a pesar de que continuaba con la vida, estaba deprimida, aplastada e inestable emocionalmente. La depresión había interferido aún con mi vida espiritual pues de repente, no sabía cómo orar. Remataba con mi familia por cualquier cosa, la verdad, estaba mal.

Querer controlar lo que nos rodea, nos puede deprimir más que cualquier cosa, pero aceptar que hay cosas que no podemos controlar, cambiar o revertir, puede traernos paz y gozo aún en medio de la dificultad. He descubierto que cosas tan sencillas como cambiar mi alimentación, buscar al menos 10 cosas por las cuales estar agradecida cada día, hacer ejercicio y platicar con Dios con toda la franqueza del mundo, pueden abrirte el alma para recibir bondad en la vida. Para soltar lo que nos carga y para vivir libres de ansiedad y depresión.

Mavi Mendoza

Directora ejecutiva y co-fundadora del grupo de medios de comunicación Gospel Revolution. Productora, escritora, empresaria, esposa y madre, pero nada de esto importaría si primero no fuera hija de Dios. Soy una persona alegre, creativa y dinámica. Una vez fui muy triste y oscura, pero Jesús cambió todo eso en mí, por eso me encanta compartir positivismo por donde voy.

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