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Histerectomía: mis horas grises

Después de la histerectomía viví las horas más grises de mi vida, pasé por el intensivo y por cuatro cirugías posteriores, pero también me convertí en protagonista de dos grandes milagros.

Luego de cuatro embarazos complicados –dos pérdidas y el nacimiento de mis dos hermosas hijas– un día mi periodo llegó para quedarse 8 meses. Varios tratamientos infructuosos me llevaron al momento de extraer el útero, responsable de la hemorragia.

El día llegó y cuando me despedí de mis hijas les expliqué que pronto estaría de regreso. Mi pequeña inmediatamente me dijo, mami, no te vayas al hospital porque vas a llorar mucho. Le dije que no se preocupara porque todo iba a estar bien, sin embargo, no dejó de repetir las mismas palabras.

La operación salió bien, según dijo el doctor. Retiró mi útero y dejó los ovarios que estaban en perfectas condiciones. Al día siguiente, después de bañarme sentí un malestar como de “gripe”, pero a mediodía tenía fiebre y allí empezó mi hora gris.

El doctor supuso que era una infección en la herida, quitó algunos puntos y me limpió. Dos horas después me sentía mal y la fiebre continuaba. Tres días después de la cirugía me trasladaron al área de aislamiento porque no sabían qué tipo de infección tenía, nadie podía entrar a mi habitación sin mascarilla, guantes y bata esterilizados.

A los 9 días de la operación decidieron operarme nuevamente, 5 especialistas participaron para ver qué encontraban. Desperté en el intensivo, sintiéndome muy mal, con sonda, catéter con 5 entradas para diferentes medicamentos, morfina, transfusiones de sangre y una inyección dolorosa arriba del ombligo que era un anticoagulante. Solo podía pensar en los días que habían pasado y en mis hijas.

No podía ni hablar de lo débil y mal que estaba, sabía que me estaba muriendo y no entendía qué pasaba. La medicina y los exámenes no cesaban. Las palabras de mi hija hacían eco en mi corazón: “mami no te vayas al hospital porque vas a llorar mucho” y así fue.

El doctor me dijo que era necesaria otra operación. Le pedí que no la hiciera porque no iba a aguantar. En plena operación tuvo que llamar a mi esposo y le informó que la infección había destruido un ovario y no estaba seguro de poder salvar el segundo. Sé que Fabiola no quería que le quitara los ovarios, ¿qué hago? Le dijo con franqueza a mi esposo, quien respondió: yo voy a orar para que Dios le dé sabiduría para que usted haga lo mejor para mi esposa.

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Tres horas después le avisaron que ya estaba en el intensivo con un ovario. Pasé dos días inconsciente y cuando reaccioné seguía mal. No tenía fuerzas, pero la fe de mi esposo me sostuvo. Él entraba a orar por mí y leer la Biblia, eso sin contar todo lo que hacía en casa: cuidar y alimentar a mis hijas, llevarlas al colegio, animarlas cuando se inquietaban por mí, además de ir a su trabajo.

En este período, oí la voz de Dios, no fue producto de la morfina, sino algo real. Y cuando le comenté a mi esposo las instrucciones que recibí, él aceptó y me dijo que cumpliríamos al pie de la letra.

En medio de este ambiente sobrenatural, llegó una cuarta cirugía. Llamaron a mi esposo que llegó justo cuando estaba en la puerta de la sala de operaciones y lo único que alcancé a decirle fue te amo, por favor cuida de nuestras hijas y no permitas que nadie les haga daño. Él me respondió, tú eres quien las va a cuidar siempre junto conmigo. Me pasó el teléfono donde un pastor quería orar por mí. Escuché la oración y entré con mucho temor de no salir viva.

De nuevo desperté en el intensivo. Lo único que podía pensar era que Dios seguía conmigo y tenía que seguir luchando. Unos días después ya no me sentía igual, el doctor llegó y por fin le pregunté qué pasó y él me dijo: lo que tiene es una septicemia. No entendí hasta que me explicó. Concluí que estaba viva solo por la voluntad de Dios, todo un milagro.

Llegó el día que el doctor con una gran sonrisa me dijo, Fabiola hoy se va a su casa, no saben lo que sentí. Incluso hoy, después de tantos años, lloro de emoción y agradecimiento a Dios. Llamé a mi esposo y le di la noticia, pero surgió otro gran temor. ¿Cómo vamos a pagar la cuenta? Imagínense, más de un mes en el intensivo en uno de los hospitales más caros del país, 4 operaciones, 6 especialistas, 30 días en el intensivo, medicina, exámenes, en fin.

Cuando mi esposo llegó ni me había vestido. ¿Por qué no estas lista? preguntó. Y aunque ahora nos causa risa, no se sí me van a dejar salir si no podemos pagar, respondí. Sus palabras se me grabaron en el corazón: “El Señor ya hizo el milagro de tu sanidad, crees que no hará un milagro en la cuenta”. Regresó y me dijo, vámonos. ¿Cómo pagaste?, pregunté. Con un cheque, respondió. Ni pensamiento fue, un cheque sin fondos. Te lo dije, Dios es un Dios de milagros y me entregó el recibo de pago. No lo podía creer, no sabía qué decir solo podía llorar y aun lloro cuando recuerdo que la cantidad del recibo era de apenas el equivalente a $100.00.

Salimos del hospital asombrados, agradecidos y por supuesto llenos de fe. Hay detalles que por espacio omití: mi regreso a casa, la reacción de mis hijas cuando me vieron, lo que sufrieron sin verme tanto tiempo, sus palabras… Pero lo único que me queda por decir es que esta experiencia nos ayudó a crecer en todo sentido.

Este año cumplimos 30 años de casados, mi hija de 26 años se casa en octubre y la de 24 está sacando su maestría. Ambas son mujeres de bien y han sido bendecidas. No puedo dejar de declarar que mis horas grises nos prepararon para una vida llena de transformaciones donde la fe nos ha sostenido.

Así que, veo el pasado como un aprendizaje y no puedo dejar de dar gracias a Dios, que permite que todo obre para bien.

Soy hija, esposa, madre, coach cristiana, pastora, pero sobre todo soy mujer. Afortunada y agradecida de tener a Jesús en mi corazón y de tener la bendición de una familia hermosa, mi esposo, dos preciosas hijas y un perro pug, Xavi Alonso, a quien amo y malcrío. ¡Amante del café, creo firmemente que sin ca-fe es imposible agradar a Dios! Soy una mujer que ha descubierto con el paso de los años que ninguna persona puede definirte por lo que piensa de ti, tengo el poder de diseñar mi futuro ¡tomada de la voluntad de Dios sobre mi vida!

Fabiola Pacheco – who has written posts on Ladrona de frases.


Fabiola Pacheco

Soy hija, esposa, madre, coach cristiana, pastora, pero sobre todo soy mujer. Afortunada y agradecida de tener a Jesús en mi corazón y de tener la bendición de una familia hermosa, mi esposo, dos preciosas hijas y un perro pug, Xavi Alonso, a quien amo y malcrío. ¡Amante del café, creo firmemente que sin ca-fe es imposible agradar a Dios! Soy una mujer que ha descubierto con el paso de los años que ninguna persona puede definirte por lo que piensa de ti, tengo el poder de diseñar mi futuro ¡tomada de la voluntad de Dios sobre mi vida!

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