
Las decisiones que tomé me llevaron a dar una vuelta más larga para llegar a donde quería, finalmente comprendí que es mejor llegar tarde que seguir posponiéndolo.
En 1986 siendo joven e ingenua o en buen chapín, babosa; tenía un plan trazado para lo que sería mi futuro. Al graduarme seguiría la universidad y luego vendría la boda y después los hijos. Ya tenía mi aaquete completo, porque poco sabía de los giros de la vida.
Pero no me quiero adelantar. Al graduarme de secundaria conseguí trabajo y ya estaba atrasada en el ingreso de la U, aunque en 1986 no era tan complicado ingresar a la USAC como ahora, la situación del país hacia esa universidad no era nada favorable.
Mis padres, preocupados por mi seguridad me convencieron de estudiar un año computación, un área nueva que estaba entrando al país y de la cual no sabíamos mucho y que no se enseñaba en los colegios, luego me motivaron a estudiar Administración de Empresas en una universidad privada.
Todo iba bien, cuatro años después en las aulas de la universidad Mariano Gálvez conocí al que sería el padre de mis hijos. El amor lo arruina todo o lo mejora… Luego decidimos tener a nuestro primer hijo. Según yo, todo seguiría igual, tenía un buen trabajo, iba bien en la universidad y todo marchaba sobre ruedas. ¿Qué podría salir mal?
Mi jefe no quería mujeres embarazadas en la empresa y perdí el trabajo. Nadie contrata a una mujer en cinta. Me gradué de mamá en mayo 1992. El sueño debía esperar. Y lo hizo, al menos por 20 años. Una amiga me invitó a su graduación y en ese momento todo el peso de esos años esperando me cayó encima. Si ella pudo, yo también.
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No sabía qué estudiar, administración de empresas ya no era algo que me motivara, debía decidir. Para ese momento mi hijo mayor ya estaba en la U y hablando de mi regreso a los estudios me dijo: “Allí en Ciencias de la Comunicación podrías encontrar algo que te guste” a lo que pregunté ¿Qué hay allí? Y me contestó “Eso es algo que tú tendrás que averiguar”.
La curiosidad mató al gato, tenía que saber qué había allí. Cuando leí del periodismo quedé enamorada, se veía algo tan interesante y emocionante que sin pensarlo más decidí empezar de inmediato. Ya solo quedaba la última oportunidad de los exámenes de admisión, sin muchas expectativas me inscribí, tenía más de 20 años de no estudiar, así que mis posibilidades eran mínimas. Sin embargo, gané el examen, luego los específicos y fue así como en 2013 pisé las aulas de la USAC.
¿Temores? Todos los que puedas imaginar, desde verme ridícula entre tantos jóvenes hasta no poder concluir nuevamente, porque años atrás ya había intentado estudiar en una universidad privada donde obtuve media beba, pero no pude seguirla costeando, así que se quedó a medias.
Dentro de mí tenía cierta confianza que las cosas serías distintaas. Desde el primer día conocí compañeros que, al igual que yo, querían aprender y avanzar. Algunos se quedaron en el camino y otros se agregaron. Lo cierto es que en cinco años logramos cerrar y ya sol faltaba la tesis.
Como que no aprendí la lección, me di permiso de descansar noviembre y diciembre con la promesa de hacerla en enero y ser de las primeras en graduarme, pero luego me llegó una oportunidad laboral que demandaba mucho tiempo y no me dejaba espacio para más.
Intenté tres veces hacer la tesis y fracasé. Dos años después intenté con el EPS, me pareció una buena opción, fui a un par de sesiones y un problema familiar se presentó y tuve que dejar todo de lado, la pandemia nos atrapó y todo quedó esperando. En 2023 lo volví a intentar sin muchas expectativas, pero me dije ¿por qué no? Luego de 37 años de soñarlo y desearlo me gradué de Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
Si al leer mi historia piensas en términos de bueno o malo, no lo hagas. Mi título no es mejor o peor que el de una estudiante de 25 años, tal como diseñé mi plan de vida, pero las decisiones que tomé me llevaron a dar una vuelta más larga para llegar a donde quería, finalmente comprendí que es mejor llegar tarde que seguir posponiéndolo.
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