
Aunque la tormenta se intensifique yo me aferro al rayo de luz, porque sé con certeza que después de la tormenta viene la calma.
Por naturaleza soy positiva y amigable así que, aunque el cielo se torne gris yo me aferro al rayo de luz.
Es increíble que ahora esté prohibido un abrazo, un beso y hasta un apretón de manos. Es inevitable que al escuchar toda la información sobre la pandemia que se comparte en la televisión o en la radio un sentimiento de protección a quienes nos rodean nos invade, tememos más por la vida de nuestros seres queridos que por la nuestra.
En este ambiente de tristeza y de pena, donde muchas veces nos pesa el alma, afortunadamente el llanto solidario aparece y vemos cómo almas generosas se vuelcan a ayudar al prójimo.
Además del temor sobre la salud también se comparte miedos al futuro: y si me quedo sin trabajo, cómo pago las cuentas, cómo llevo el alimento a casa, cómo pago la luz, la renta, los colegios… cuánto tiempo durará esta pandemia. Las preguntas sin respuestas se amotinan en nuestra mente, llenándonos de incertidumbre e insomnio.
En medio de este mar de pensamientos, extrañamos al hermano, a la amiga, extrañamos las reuniones familiares, los almuerzos del día domingo, los cafecitos con las amigas, por que aunque exista toda la tecnología del mundo, el calor que genera un computador o teléfono, jamás se compara con el calor de la cercanía de nuestros seres humanos favoritos.
Al final, creo que es oportuno que analicemos y revaloricemos la forma en que vivimos este momento que nos desafía a concluir que de nada sirve la fortuna y los bienes si no tenemos salud, esa misma salud que perdemos cuando pasamos una vida entera trabajando y al final pasamos añorando.
En este mundo que gira siempre los cambios son una constante, vemos surgir el creciente avance del teletrabajo, del comercio electrónico, de la globalización donde todo lo tenemos a un solo clic somos analfabetos de la vida. La humanidad parece haberse perdido, porque aunque hemos logrado llegar a la luna, nuestro crecimiento espiritual y moral se quedó corto. Esta situación que nos sobrepasa nos ha hecho aferrarnos a aquello que nos devuelve la paz.
Concluye entonces que mi grito para esta pandemia es que aunque la tormenta se arrecie yo me aferro al rayo de luz. Sé que con certeza después de la tormenta viene la calma.
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