
Ya me lo decía mi mamá, «vive un día a la vez de esa manera el vértigo tiene menos espacio para acampar».
Soy de ese tipo de persona que detesta los cambios drásticos y eso fue precisamente lo que pasó este año. Se llevó consigo todos mis planes, sueños, anhelos y me dejó frente a un ventanal en el que, cuando me reflejo, solo veo todo aquello a lo que tuve que renunciar y a veces ya ni las lágrimas me salen.
Alguien dirá, «tendrá que acostumbrarse porque la vida es impredecible», lo es, solo que no podía dejar ir tan fácilmente lo que me costó años de trabajo y esfuerzo.
La gente siempre te pone en la disyuntiva, «pero tienes salud» como si eso fuera suficiente para afrontar la pérdida con «felicidad plena» o como si los días no fueran una gota que se atraviesa con todos sus minutos y sus segundos, mientras somos un remedo de lo que fuimos.
Se debe entender que toda pérdida tiene un proceso. Nadie cede un año de su vida al abandono, la desesperanza y el miedo sin resistencia. Es parte de la condición humana. Esa espina que tu cerebro entiende, pero tu corazón no. Como esos amores que ni nosotros entendíamos en la secundaria; complicados, llenos de palabras que nunca se dijeron.
Muchas veces me he parado a pensar, mientras me encuentro encerrada, lo que duele dejar ir nuestra vida ante la incertidumbre. Más allá de los planes están «los hubiera», esos que incendian nuestros pensamientos en cualquier momento del día o la noche y te llenan de todo lo que «hubieras» hecho. Desde el trabajo hasta el abrazo de ese ser querido que está lejos. Porque no es solo lo material a lo que renunciamos, no, es la gente que amamos, los amigos, la graduación de tu hijo, la visita a la abuela o el aire puro que se deja de respirar. Son todas esas mentes que se enferman, se deprimen se resquebrajan y de las que nadie habla en ningún diario.
Hay mucha presión en las redes sociales sobre lo que uno debería sentir y pensar ante la pandemia. La realidad es que la vida es subjetiva, todos la vemos de diferente manera porque todos la vivimos distinto. De tal manera que, si un día hay que llorar, se vale; como se vale estar desinflado o desesperanzado. Porque, como mencioné antes, nadie cede su vida, rutina, trabajo y familia al abismo.
Y, por eso, una de las lecciones más importantes que deja esta pandemia es que la vida no es un trinomio cuadrado perfecto, por el contrario, es semejante al ser humano: cambiante, inestable, veleidosa. Debemos, pues, levantarnos y tratar de hacer lo mejor a pesar del miedo y de las responsabilidades que nunca son menores. Pensar que todo se puede quedar en pausa, como esa película que no terminaste de ver, porque las oportunidades van a volver.
Entonces hay que reinventarse, encontrar maneras, añadir sonrisas y aprovechar esos momentos felices que te den los días. Ya me lo decía mi mamá, «vive un día a la vez de esa manera el vértigo tiene menos espacio para acampar».
Ser como el ave Fénix y tener la fe y la confianza de que los tiempos mejorarán.
Comments (1)
cristina barajassays:
julio 1, 2020 at 6:46 pmme gusto mucho, aunque aun no se como reinventarme creo que perdí una parte de mi, esa que aun a veces sonreía, creo que el sentir invadido mi espacio vital por tanto tiempo esta terminando de desinflame por completo, si ya se que así nos paso a todos en algún aspecto. Quiero buscarme y encontrarme con mi yo, el de hace años la que sonreía y bromeaba incluso que era un poco boba.