
El miedo está en la cabeza. Sigue en la mía, pero puedo decirles que no condicionen sus decisiones por cosas que no han pasado, sino por aquellas acciones que reconocen son capaces de hacer.
Hemos crecido en un mundo donde la incertidumbre es para pocos y probablemente para aquellas personas con locura. Hemos crecido en un país donde la seguridad vale muchísimo, no solo porque es muy violento, sino porque más de la mitad de la población vive en pobreza. Y dentro de este contexto, tuve la loca idea de renunciar a mi trabajo estable para buscar un sueño, emprender y volverme mi propia jefa.
Esta columna no es sobre la historia de éxito que hay detrás de un salto de fe. Sino más bien, sobre el proceso mental y emocional que tuve para tomar esta decisión -que, dicho sea de paso, todavía no estoy segura si vaya a resultar- y su impacto en otros aspectos de mi vida.
Una espinita
Desde que ingresé a la universidad he asistido actividades como los TEDx o conferencias que abren mi cabeza. He admirado a las personas, especialmente a las mujeres, que deciden tomar el control de sus vidas y se han convertido en líderes de diferentes industrias. Sus historias en algún momento me hicieron creer que yo podría.
Así me nació la espinita de brindar servicios de calidad, de ser quien resuelva problemas, de ser parte de una generación que intenta cambiar las cosas en un país con mucha necesidad. Pero quedó en silencio porque no estaba segura de que yo podría cumplir con ese papel porque no vengo de una familia de clase alta, no tengo conexiones y no estudié afuera de Guatemala.
Síndrome del impostor
Si bien había logrado destacar a nivel académico en diferentes áreas, conseguí empleos que me permitieron continuar mis estudios gracias a becas que me otorgaron y había empezado a construir una carrera profesional en el ámbito de comunicación, cada vez que llegaba a una nueva oportunidad creía que “no era suficiente”. Me aterraba que algún día alguien descubriera lo poco capaz que era para liderar equipos de trabajo u obtener los resultados esperados.
Desde afuera me encargué que Laysa se viera como la mujer profesional, perfecta, que tenía todo bajo control; pero internamente sufrí por muchos años creyéndome menos.
Sin embargo, mientras recibes golpes a partir de tus errores profesionales te das cuenta que mucho de lo que creías que sucedería, no pasa de la forma “devastadora” que habías imaginado y que aquellos en la cima, también cayeron un sinfín de veces. Así que respiré y entendí que había que tener paciencia para adquirir experiencia y aprender.
Noté que mis sueños comenzaron a tener una “ruta”. Y así me convertí en la primera de la familia en obtener una maestría, ahorrar y viajar para conocer el mundo, ser parte de un proyecto que impacte la forma de hacer democracia en nuestro país, dar charlas frente a otras mujeres e incluso en el extranjero, publicar una columna de opinión en un medio del país, tener un buen trabajo donde se valore mi opinión, tener proyectos de relaciones públicas para ayudar a otras organizaciones, tener mi propio blog, etc.
¿El sueño?, poner una agencia de comunicación y relaciones públicas. Las preguntas que constantemente me hacía (y que me hago): ¿por qué te vas a tirar a un mercado saturado?, ¿por qué quieres ser dueña de una empresa cuando en otros lugares tendrías un salario estable?, ¿qué vas a proponer?, ¿te crees mejor que otras personas? Podría citar las mil y una formas que tuve para desacreditar el sueño que me estaba planteando.
Escuchaba conversaciones de otras personas y muchas coincidían en que el mercado de Guatemala está mal y que todo aquel que renuncia de su trabajo está loco. Pero tenía que intentarlo. Dar ese salto de fe es lo que me definirá en mis próximos años. Pasé llorando una semana completa con personas cercanas a mí antes de poner mi renuncia; me escuchaban y limpiaban mis lágrimas, pero siempre me recordaron de lo que estaba hecha. Cuando al fin puse mi renuncia pensaba “¿qué estoy haciendo?”. Pero lo hice y fue mi mayor logro del 2019 porque estoy confiando en mí y estoy dándome la oportunidad de creer que sí puedo y que soy competitiva. Es mi momento de aprender, de cometer más errores y resurgir no solo como profesional, sino como mujer.
Nada está escrito, pero si algo aprendí de todo lo que les acabo de contar es que con esfuerzo, determinación y una ruta, las cosas se alinean. Tomar el control de mis decisiones me hizo madurar y soy más intencional en las áreas personales, espirituales y familiares.
El miedo está en la cabeza; sigue en la mía. Pero si algo puedo decirles es que no condicionen sus decisiones por cosas que no han pasado, sino las lecciones que han adquirido en su camino. Esto es en realidad lo que nos define, no nuestros pensamientos. Intentarlo les dará paz. ¡Ojalá se animen a darse una oportunidad!
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