El perdón es una acción de doble vía: se otorga y también se recibe.

Cuando hablamos de perdón, tenemos que referirnos a una acción de doble vía, porque el perdón no solo se da, también se recibe. En el cristianismo es base fundamental de nuestro caminar con Dios, sin el perdón de Su parte hacia nosotras, estaríamos perdidas. Si partimos del hecho que fuimos hechas a Su imagen y semejanza, podemos decir que tenemos el gen del perdón dentro de nuestro ADN. No ponerlo en práctica, solo demuestra nuestra falta de voluntad para hacerlo.

Quizá pienses que no puedo ponerme en tu lugar o que no sé por lo que estás pasando; pero medita en esto, Dios nos ha perdonado multitud de pecados de forma gratuita, no hemos tenido que pagar o hacer algo para recibir Su perdón. En cambio, deseamos que el que nos ofendió, pague por lo que nos hizo. ¿Te das cuenta que con facilidad nos justificamos a nosotras mismas, pero por el contrario, somos rápidas para encontrar faltas en otros?

Dios tiene una regla, Él nos perdonará, solo en la medida en que nosotras estemos dispuestas a perdonar a otros. Esto nos lleva a que perdonar no es una cuestión de sentimientos, se trata de tomar una decisión. A la larga la más beneficiada serás tú; está comprobado que la falta de perdón desata enfermedades físicas, mentales, del alma, espirituales y hasta llega a tener repercusiones generacionales.

El perdón te libera a ti, no al ofensor; el que actuó en contra tuya tendrá su propio proceso de arrepentimiento, de rendir cuentas, juntamente con las acciones que esto conlleve. Y si no fuera así, a la larga, todos cosechamos lo que hemos sembrado. Esta ley nos incluye a todos.

Conservar la falta de perdón en tu vida, es un resentimiento del pasado que se convierte en la amargura del futuro. Cuando guardamos amargura y dolor, nos encerramos bajo llave y dejamos de volar porque no somos libres, pero mira bien entre tus manos, tú tienes la llave que tiene el poder de sacarte de esa prisión, esa llave se llama perdón. 

No puedes condicionar el perdón a tu propia medida de justicia, porque ésta solo le compete a Dios. Él sabe que no somos justos porque actuamos bajo la herida, la emoción y no bajo la sabiduría. Tenemos una deuda eterna que jamás podremos pagar y se llama perdón, la única forma de estar agradecidas con tan inmerecido regalo, es recibir ese perdón y también otorgarlo a los demás.

Antes de perdonar a otros, necesitamos perdonarnos a nosotras mismas. Dios ya lo hizo; no perdonarnos provoca que nuestro orgullo intente colocarnos en una posición más elevada que la de Dios mismo, puesto que Él pago el precio por medio de la vida de Jesucristo, y al no perdonarnos, estamos despreciando ese inigualable acto de amor.

La pregunta del millón es ¿cómo perdonar? Te comparto algunos pasos que pueden ayudarte:

  • Reconocer que el perdón no es un sentimiento, es una decisión.
  • Sé obediente y confiesa que ya has perdonado, aunque aún no lo sientas.
  • No le dediques tiempo en tu mente para meditar en la ofensa.
  • Bendice a la persona que decidiste perdonar

Y por último, dite a ti misma: “perdoné y ahora puedo volar.”

Gaby Soberanis

Orientadora familiar. Licenciada en mercadotecnia, diplomada en investigación de mercados, MBA y marketing en España. La orientación y la enseñanza son sus pasiones profesionales y sociales. Sueña con impactar los montes de la familia, la educación y el gobierno, por medio de los principios y valores.

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