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La maternidad no me diluyó, me reconstruyó

Lo que nadie te advierte: la maternidad no te quita, te revela.

Entre café recalentado, platos sin lavar, juguetes regados por la alfombra, uno que otro grito, tandas de ropa sucia que esperan su turno como en la línea del supermercado, volvía un día más a intentar maquillarme, sin éxito alguno, claro está. La historia de todos los días, la promesa rota a mí misma de que mañana sería distinto, que ahora sí lograría hacerlo.

La maternidad no se mide en tareas cumplidas

Por varios meses, luego de convertirme en mamá por segunda vez, sentía que me estaba fallando. Me dolía la soledad de criar lejos de la familia, me abrumaba pensar que jamás pasaría. Me sentía perdida, superada por la interminable lista de cosas que hacer, que crecía día tras día. Terminaba el día frustrada, derrotada, pensando: ¿qué hice hoy? ¿En qué se me fue el tiempo?

Y es que, como humanos, absurdamente medimos el tiempo en tareas y el éxito en logros. Pero cuando nace una mamá, eso tiene que cambiar. La maternidad convierte el tiempo en trascendencia, en algo que se mide en lo intangible, que se plasma en los corazones.

Y es que ser mamá no está en la receta de cocina más elaborada, sino en cuerpos nutridos. No está en la casa que se ve como portada de revista, sino en el arte de crear un hogar que sostiene y abriga corazones. No está en el hijo con mejores calificaciones, sino en verlos sonreír en paz, sin prisa, plenos.

La psicología ha nombrado este proceso como matrescencia: la transformación profunda —emocional, neurológica e identitaria— que vive una mujer al convertirse en madre. Un proceso que, durante décadas, fue invisibilizado por la ciencia médica porque no es una enfermedad, sino algo mucho más significativo: un renacer.

Perderse en la maternidad o encontrarse en ella

Pensé que, como muchas mujeres advierten con buena intención, el autocuidado era la respuesta: el salón, el gimnasio, el cafecito semanal con amigas. Y no es que estuvieran equivocadas — cada mamá encuentra su equilibrio donde puede. Pero en mi caso, lo que necesitaba no era escapar de mi maternidad, sino aprender a habitarla de otra manera.

Cuando en realidad, me estaba descubriendo, me estaba encontrando. Estaba Dios enseñándome a ver lo realmente importante, a entender bien la balanza, a despojarme de lo superficial y pasajero, a ver lo eterno en lo cotidiano y a sumergirme en el verdadero amor: ese que supera, que sobrepasa, que entrega, que perdona, que tiene gracia, ese del que el mundo tanto carece y que como mamás tenemos el privilegio de sembrar en pequeños corazones.

Lo que la maternidad nos enseña a soltar

Hoy ya no tengo miedo a «perderme», porque hay cosas que es necesario perder para hacer espacio y encontrar lo que realmente importa. Y los hijos son expertos en enseñarnos a encontrar: heridas que sanar, prejuicios que botar, mentiras que dejar de creer. Encontrar gracia, encontrar nuevos caminos, encontrar propósito.

Me han visto de chef, de chofer, de porrista, de decoradora, de máster en manualidades, y estoy segura de que el día que les cuente todo lo que hacía siendo una mujer profesional se van a asombrar aún más, o tal vez no lo crean.

Pero a pesar de haber visto todo esto de primera mano, no podía evitar sentirme como que no hacía nada. ¿Puedes creerlo? Me ha tomado tiempo entender que la maternidad implica entrega constante, organización, paciencia y una capacidad de adaptación enorme. Ser mamá a tiempo completo me ha enseñado habilidades que no aprendí estando detrás de un escritorio. Claro que ha habido sacrificios: aprender a dejar de lado cierta independencia económica o cosas tan cotidianas como poder tener una conversación adulta sin ser interrumpida cada minuto.

El proceso me ha hecho crecer como persona. He descubierto en mí nuevas fortalezas, he redefinido mis prioridades y he aprendido a valorar el impacto que tiene mi presencia en la vida de mis hijos. No es un camino perfecto, pero sí uno muy significativo.

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Cada temporada de la maternidad tiene su propio peso

El tiempo pasa, las temporadas pasan, los hijos crecen. Deja de ser difícil en alguna forma y se vuelve más difícil en otra. Todo pasa. Lo importante es que podamos vivirlo intensamente.

Sea cual sea la realidad de nuestro presente como madres, que la disfrutemos en plenitud. Que sonriamos de verdad, que lloremos intensamente, porque hasta las lágrimas se acaban. Que los miedos no nos roben los momentos, que las mentiras no nos desvíen la mirada ni hacia adelante ni hacia atrás. Que nuestra perspectiva sea clara y nuestro corazón esté completamente donde tiene que estar: cumpliendo el propósito eterno de dar y cultivar vida.

Lo que mis hijos contarán algún día

Un día, en una mesa ajena, con personas que yo quizás no conozca, mis hijos hablarán de su madre. Contarán de su niñez, de sus recuerdos, de sus vivencias, de aquellos años que los formaron.

No contarán del desorden, ni del tipo de decoración de la casa en la que crecieron, ni de cuántas cosas tenían o cuántas no tuvieron, pero sí hablarán de cuántos abrazos recibieron, de qué tan rico se sentía llegar a casa, del abrazo de consuelo que recibían cuando su corazón más lo necesitaba.

Y espero que lo hagan con una sonrisa en el rostro y en el alma. Sabiendo que jamás fueron un sacrificio, un peso ni una carga. Fueron el más bello regalo y la más grande lección de una mujer que los amó mucho antes de siquiera sentirlos.

Y aunque con todo eso ellos se sientan bendecidos, jamás entenderán que yo les di la vida, pero ellos transformaron la mía.

Enamorada de Dios y de la vida. Esposa feliz, mamá de Santiago & Gianna. Licenciada en Administración de Empresas. Homemaker, emprendedora y soñadora.

Carolina Vargas de García – who has written posts on Ladrona de frases.


Carolina Vargas de García

Enamorada de Dios y de la vida. Esposa feliz, mamá de Santiago & Gianna. Licenciada en Administración de Empresas. Homemaker, emprendedora y soñadora.

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