Un temor fuera de este mundo se apoderó de mí cuando tenía a una bebé prematura que debía cuidar. No podía estar cerca de ella. Temía hacerle daño, me daba pavor cambiarla, sentía miedo por todo y de todo. Luego me venía un llanto incontrolable. Algo que simplemente no podía controlar.

El médico dijo: “usted nunca va a poder tener hijos”. Ninguna mujer está preparada para escuchar esa sentencia. Cuatro años más tarde, estaba yo con un embarazo de alto riesgo, por el que visité muchas veces el hospital. Luché por mi vida y la de mi hija. En la semana 32, los médicos indicaron que había sufrimientos fetal y al parecer mi cuerpo no aguantaba más, así que me operaron de emergencia y todo fue muy rápido.

Finalmente, mi hija nació. Recuerdo bien el momento en el que el doctor la sacó de mi vientre, ella no lloró, solo vi cómo otros doctores se la llevaron de emergencia a otra sala. La sala quedó en silencio total, mientras por mi cabeza pasaban un sinfín de pensamientos. Había luchado tanto, había sufrido tanto física como emocionalmente por esa bebé, así que me estremecía pensar que algo le pasara.

Después de cuatro días en el hospital, pude salir con mi hija en brazos. Era tan pequeñita, tan hermosa, pero tan indefensa, por ser prematura necesitaba cuidados especiales. Yo, como madre primeriza intenté hacer lo que podía, pero no sé en qué momento, un temor fuera de este mundo se apoderó de mí. No podía estar cerca de mi bebé. Temía hacerle daño, me daba pavor cambiarla, tenía un miedo profundo por todo y de todo. Luego me venía un llanto incontrolable. Me sentía tan culpable. Por favor, no me confundan, yo estaba feliz por la llegada de mi hija, era era un milagro, una respuesta de Dios a mis oraciones, pero esto era algo diferente, algo que no podía controlar.  Quería acercarme, pero no podía. La única vez que le di de mamar se intoxicó con los medicamentos que todavía estaban en mi cuerpo, paramos en la emergencia al hospital. Esto agravó mi situación.

Finalmente me dieron el diagnóstico: depresión posparto y ataques de ansiedad. A pesar de que muchos pensaban que eran “cuentos míos”, era algo que me abrumaba y me sobrepasaba. De verdad sufría por dentro, quería ser como siempre: alegre, jovial, risueña, pero simplemente no podía. En mis ataques de pánico y ansiedad intenté quitarme la vida varias veces. No quería seguir viviendo de esta manera. Pero Dios siempre puso ángeles alrededor que me cuidaron y lo impidieron.

Han pasado ya 13 años de ese episodio de mi vida, que finalmente pude superar, este proceso me enseñó lo que significa estar en el valle de sombra y de muerte, pero también que Dios siempre estuvo conmigo, cuidándome y mostrándome Su amor en medio de esta oscuridad. Aunque no entendía porqué a mí, prendí a darle gracias, aprendí que Su amor va más allá de solo palabras, es real y en medio de mis lágrimas, me arrulló como un padre a su hija.

No fue un proceso rápido, lentamente regresó la paz, la confianza y la seguridad a mi vida. No sé si estás empezando el proceso o vas a medio camino, pero te puedo decir que se puede salir de ese valle en el que te encuentras, rodéate de personas que te quieran y no te aísles, déjate ayudar ¡no está mal pedir ayuda! Por experiencia, sé que ¡esto va terminar!

Bárbara Rendón de Ortega

Mujer, esposa, madre. Amante de la música y de las letras. De una buena taza de café y de los viajes.

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